martes, 12 de abril de 2016

El hombre tras la máscara de Allan Quatermain



https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/d/d1/Thure_de_Thulstrup_-_H._Rider_Haggard_-_Maiwa%27s_Revenge_-_Fire%2C_you_scoundrels.jpg
Allan Quatermain poniendo orden en "La Vengaza de Maiwa"
En esto de la literatura popular, todo lector tiene su género preferido. Y, aunque a fin de cuentas, cuando se trata de buenos libros probablemente no le hagamos ascos a nada, siempre hay un tipo de escenario, de temática, que encabeza nuestro ranking de lecturas. En el caso de este servidor, después de tantos meses, ya pueden afirmar sin miedo a equivocarse que mi pasión es la fantasía en general, y la Espada y Brujería en particular. No obstante, hay un periodo histórico que, por su enorme influencia en la cultura popular actual, sigue despertando pasiones en todo lector de Pulp que se precie. Si señores, el mismo de mi entrada del pasado jueves, la Inglaterra victoriana. 

Durante el largo reinado de la Reina Victoria, Inglaterra se convirtió en la primera potencia del globo. Un periodo histórico, el de los grandes imperios coloniales, marcado por una confianza inquebrantable en el progreso ilimitado de la ciencia que permitiría avances sociales inimaginables en el pasado. Un progreso que parecía no tener fin, y que permitió a las naciones europeas principalmente soñar con un futuro asombroso. Por desgracia ya sabemos cómo acabó ese sueño convertido en la pesadilla de las trincheras de la Primera Guerra Mundial. Pero esa es otra historia.

Volviendo a la Inglaterra victoriana, como todo imperio que se precie, además de sus avances científicos y sociales, en el campo de la literatura gestó lo que habría de venir después. Prácticamente todos los grandes géneros del siglo XX tienen su nacimiento dentro de las fronteras imperiales británicas. Y de entra el enorme legado literario, hay determinados nombres propios que, en lo tocante al Pulp, son un pilar fundamental del mismo tal y como hoy lo tratamos.

Hoy toca hablar de uno de los personajes emblemáticos de H. Rider Haggard, y sobre todo del hombre real que lo inspiró. Y es que, otra de las características históricas más fascinantes del periodo victoriano, es la de los aventureros y exploradores, modelo de héroes clásicos que los ingleses han sabido vender como nadie. Aunque de eso hablaremos un poco más adelante.

De Unknown (Bain News Service, publisher) - Esta imagen está disponible en la División de Impresiones y Fotografías de la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos bajo el código digital ggbain.06516.Esta etiqueta no indica el estado de copyright del trabajo adjunto. Es necesario una etiqueta normal de copyright. Para más información vea Commons:Sobre las licencias.العربية | čeština | Deutsch | English | español | فارسی | suomi | français | magyar | italiano | македонски | മലയാളം | Nederlands | polski | português | русский | slovenčina | slovenščina | Türkçe | українська | 中文 | 中文(简体)‎ | 中文(繁體)‎ | +/−, Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=2924115
Henry Rider Haggard
Como iba diciendo, H. Rider Haggard, para el que no lo conozca (dentro del mundillo Pulp sería rarísimo, pero hay gente pa tó, como dijo El Gallo), fue un escritor inglés, nacido en Bardeham, Norfolk, en 1856, y fallecido en Londres, en mayo de 1925. Para el que quiera más datos biográficos que se dé una vuelta por la Wikipedia, que allí están todos. El caso es que desarrolló su carrera literaria, destacando sus aportaciones al género de aventuras, durante los años de gloria del Imperio Británico. De entre su amplia bibliografía, hay un libro y un personaje que a los lectores de Pulp nos toca muy de cerca: Las Minas del Rey Salomón.

Publicada por primera vez en 1885, con un éxito de ventas increíble, Las Minas del Rey Salomón nos narra el periplo de un grupo de aventureros encabezados por el cazador Allan Quatermain en busca del hermano perdido de uno de esos exploradores. Las Minas del Rey Salomón, primera novela de aventuras en ingles ambientada en África, está considerada como la primera obra del subgénero de los Mundos Perdidos. Un género que no hacía otra cosa que reflejar el asombroso mundo del siglo XIX, en el que intrépidos aventureros se dedicaron en cuerpo y alma a explorar y cartografiar los últimos rincones vírgenes del planeta. Territorios donde los europeos, como punta de lanza de la civilización occidental, no habían estado antes.

Tal fue el impacto de Allan Quatermain, que tendría su propia saga de novelas. Posteriormente, a lo largo del siglo largo de vida del personaje, le hemos visto adaptado al cine con el rostro de Stewart Granger, Richard Chamberlain, Patrick Swayze y Sean Connery (este último en la versión del personaje que crearía Alan Moore para su La Liga de los Hombres Extraordinarios), al cómic y puesto que la obra de Haggard y sus personajes están libres de derechos de autor, en cameos y novelas de toda clase y condición (especial mención a La isla en el fin del tiempo, de Miguel Ángel Naharro). 

Sin embargo lo que no todos los lectores de pulp sabemos, es que detrás de Allan Quatermain se esconde un personaje real, con nombre y apellidos. Uno de esos intrépidos aventureros y exploradores británicos que los hijos de la Gran Bretaña nos han sabido vender mejor que nadie. Porque seamos francos, la aventura del descubrimiento, exploración y conquista de América por los españoles hace que lo de los ingleses parezca una excursión de fin de semana. Y puestos a comparar salvajadas (siempre desde la óptica moral del siglo XXI, que somos de un cogérnosla con papel de fumar que entran ganas de echar la pota), aquí los compadres british son de doctorarse Cum Laude. Pero mientras nosotros vamos pidiendo perdón y rasgándonos las vestiduras, ellos lo envuelven en un traje de épica que te cagas la pata abajo, y nosotros lo compramos encantados. Yo el primero. Que una cosa no quita la otra. Como decía, detrás de Allan Quatermain se esconde una de esas bestias asombrosas que se dejaron la piel en África. Un explorador y cazador de fama legendaria en su tiempo llamado Frederick Courteney Selous; probablemente el más grande de los cazadores blancos de África.

By himself - In The Heart Of Africa, Public Domain, https://en.wikipedia.org/w/index.php?curid=19304138
Frederick Selous, durante un safari en 1890
Frederick Selous nace en Londres, en diciembre de 1851, y tras estudiar en la prestigiosa institución Rugby School (como el bueno de Harry Flashman…ya hablaremos otro día del genial Harry Flashman, para aquellos desgraciados que no lo conocen), y después de un intento en vano de su familia por hacerle olvidar sus ansias de viajar a África, consistente en enviarlo a Suiza a estudiar medicina, con apenas 19 años desembarca por primera vez en el continente negro. Llegaba allí, tal y como cuenta Javier Reverte en su libro El sueño de África, movido por una pasión tal que, según cuantas sus biógrafos, a los trece años ya tenía decidido su destino. Al parecer fue a esa edad cuando dijo a uno de sus profesores "Voy a ser cazador en África y me estoy entrenando durmiendo en el suelo". Y no sólo eso, si no que en su percepción infantil del futuro acostumbraba a escaparse por las noches de su habitación y subirse a los árboles, algo que también formaba parte de su peculiar preparación.

Tal y como decía, con 19 años, un rifle colgado del hombre y 400 libras, desembarca en Sudáfrica dispuesto a cumplir su sueño. Y vaya si lo cumplió. A los 25 años ya era considerado el cazador de marfil más importante del sur de África. Durante sus años de juventud recorrió Sudáfrica y el actual Zimbabue (de cuya exploración y posterior cartografiado es uno de los grandes responsables) adquiriendo fama de ser un cazador legendario. No sólo por el número de sus presas, o de la sangre fría que siempre mostró al cazar (era capaz de mantenerse impasible frente a la carga de un búfalo o un león). Curiosamente Selous hizo siempre gala de un propio código de caza por el cual jamás abatió hembras o crías, eligiendo exclusivamente como presas a machos de gran tamaño. Un peculiar código del guerrero, si me permiten la expresión. 

Como miembro de la Compañía Británica del África del Sur trabajó de guía para los primeros colonos blancos que se adentraron en Mashonaland, al norte de Zimbabue. Colonos a los que condujo sanos y salvos a través de más de 500 kilómetros de selvas y montañas hasta ese momento inexploradas. A esta proeza vino a sumar, poco después, la exploración del territorio llamado Manica, actualmente en Mozambique, gracias a la cual el Imperio Británico pudo anexionarlo. Hazañas que le valieron, en 1892, la Medalla de Oro (Founder’s Medal) de la Real Sociedad Geográfica Británica.

Ya durante la madurez, a pesar de tener oficialmente su residencia en Inglaterra, además de regresar a África en numerosas ocasiones, realizaría expediciones por los territorios salvajes de América del Norte (Terranova en Canadá y Alaska en Estados Unidos), Asia Menor, Persia y el Cáucaso. Finalmente en 1917, durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial, en la que participó de forma activa como capitán del ejército británico en su dura pugna con el ejército colonial alemán por el control del Este de África; a orillas del río Rufiji sería un francotirador alemán quien daría caza al gran cazador. Con ese disparo dio fin una vida auténticamente fascinante, modelo en el que H. Rider Haggard se basó para crear ese Allan Quatermain que nos es tan querido. 

Cierro este artículo de tono un poco más técnico de lo que viene siendo habitual en la bitácora con una reflexión. Si H. Rider Haggard pudo hacerlo, nosotros también. Para crear a nuestros protagonistas nada como mirar a nuestro alrededor, o en los libros de historia. Hombres como el también legendario explorador británico Richard F. Burton, o el español Hernando de Soto, pueden ser la base sobre la que crear a los protagonistas de nuestras historias. Tomen nota, por si las moscas.




Eduardo Martínez.