martes, 19 de abril de 2016

De etiquetas, géneros, subgéneros, categorías, y otras petisoperías.


https://upload.wikimedia.org/wikipedia/commons/3/3d/True_humility.png
Disculpe milord, pero pienso "de que no".

Hace unos días @lordaguafiestin (aka Diego Fernández Villaverde), en el blog de Ánima Barda, firmaba una entrada de las que a pesar de su brevedad, da que pensar. Bajo el título “Género Grimdark: Eso es dark, pero lo que es grim, no es” (título de resonancias joesemotescas –jódete el término que me acabo de inventar-, por eso del “pero ser, eres”), en poco más de quinientas palabras en las que ponía por delante que esa entrada era poco más que un desbarre, y que el autor nunca ha sido muy amigo de etiquetas; nos hacía un resumen de lo que es el Grimdark y porque a día de hoy esa etiqueta se está empleando en exceso y mal.

Tan sólo un día después un señor llamado Luis Alberto de Cuenca (Que además de filólogo, poeta, traductor, ensayista, columnista, crítico, editor literario e investigador español; por si fuera poco es también académico de número de la Real Academia de la Historia y académico correspondiente en Madrid de la Academia de Buenas Letras de Granada… Ahí es nada), firmaba un artículo en el periódico digital Libertad Digital titulado El Coyote. En dicho artículo de obligada lectura para todos los amantes del Pulp, dedicado al personaje inmortal y a su creador José Malorquí, puede leerse lo siguiente:

José Mallorquí Figuerola, barcelonés de 1913, uno de los novelistas en lengua castellana más prolíficos y populares del siglo XX. Y digo "populares" por emplear el adjetivo que suele acompañar a este tipo de autores, sin que ello signifique que la llamada "literatura popular" sea algo así como una segunda división respecto de la otra literatura, la que no es —presuntamente— popular, o sea, la llamada "gran" literatura, especializada en aburrir a las mismísimas ovejas. En el mundo de las letras no hay alta ni baja literatura. Hay solo buena y mala literatura. Y la que nos legó José Mallorquí rebasa los límites de la bondad para acercarse a los de la optimidad (si me permiten el palabro). 

Como no hay dos sin tres, desde ya mismo diré que coincido con ambos autores, las etiquetas son cosas de bibliotecarios, editores y libreros (mala gente…se lo digo yo, que he sido librero una década larga). Más allá de la necesidad de etiquetar los libros en géneros y subgéneros, de forma que podamos encontrarlos cuando vamos a una biblioteca, o que el librero nos los pueda vender a placer, la literatura es buena o mala. La novela, como género mayor literario, tiene como fin último entretener al lector. Que si, que se puede ilustrar, adoctrinar, educar y mil cosas más, pero el fin más legítimo de la novela es el de entretener al lector. 

Pero claro, como decía antes, incluso en esta Era Digital en la que es más fácil que nunca publicar un libro, hace falta que esa novela llegue a los lectores. Hay que difundirla y venderla. Y aquí es donde los libreros, tanto los clásicos como las plataformas de venta, necesitan recurrir a las etiquetas. Y para que vamos a negarlo, las etiquetas de géneros y subgéneros las acogemos todos los lectores de forma gustosa. A fin de cuentas para cada lector hay cierto tipo de historias que le llegan más que otras. 

Llegados a este punto, en el que creo que nada hay abierto a discusión, y en el que he dejado claro que tengo un parecer cercano al de Diego Fernández Villaverde o Luis Alberto de Cuenca; es cuando me toca hablar de Grimdark.

By John Tenniel - Image taken from Punch, or the London charivariScanned from the original by User:Fastfission., Public Domain, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=247869
Atención a mi traje Grimdark, queridos
piltrafillas. 
Son muchos los autores que han tratado de definir el Grimdark. En líneas generales hay cierto consenso que permite decir que se trata de un subgénero de la ficción especulativa (ciencia-ficción y fantasía), en el que el tono narrativo es oscuro y violento, y en cuyas historias las barreras de la moral se difuminan. En la entrada que dediqué a Joe Abercrombie, uno de los máximos exponentes actuales de dicho subgénero, ya dije que el Grimdark era el punto de unión entre dos maneras totalmente contrapuestas de entender la fantasía. Era el matrimonio entre la Espada y Brujería del Pulp de principios del siglo XX, con Howard a la cabeza, y la Alta Fantasía heredera de las narraciones mitológicas, que en la obra de Tolkien llega a su cima. El Grimdark era por un lado la reacción a la degeneración que se había producido con el modelo de Tolkien, y la recuperación del legado literario de autores, los maestros de la Espada y Brujería, que se habían adelantado a su tiempo.

Sea como fuere, tenga más o menos razón, lo cierto es que el Grimdark se ha convertido en una de las corrientes más interesantes de la actual literatura fantástica. Al ya citado Joe Abercrombie habría que añadir autores como George RR Martin, R. Scott Bakker o Mark Lawrence, cuyas obras encajan perfectamente en los parámetros del Grimdark

Llegados a este punto es cuando tengo que volver al artículo de Ánima Barda, y a su opinión al respecto del mal uso de la etiqueta. 

Hagamos un ejercicio interesante, preguntémonos cuanta gente fuera de este círculo reducidísimo de amantes de la literatura de ficción especulativa, sabe que cojones es eso del Grimdark. Cuanto lector, fuera de nuestro pequeño nicho, sabe de qué diablos estamos hablando. Creo, y lo digo con todo el dolor de mi corazón, que en ocasiones parecemos un puto perro salchicha ladrando a un mastín de 80 kilos de puro músculo. No somos realmente conscientes de los poquitos que somos. Que si, que hay un porcentaje aceptable de lectores que disfrutan con una novela de fantasía o de ciencia ficción; pero en proporción los auténticos aficionados, especialistas del tema, somos cuatro gatos. La etiqueta Grimdark significa algo para un número tan ridículo de lectores que ni tan siquiera los editores de un autor de la talla de Joe Abercrombie (Alianza Editorial y Fantascy/Random House) se molestan en incluirlo cuando hablan de él. Al público comprador lo de Grimdark se la trae muy floja, la verdad. 

By Edward Linley Sambourne (1844 – 1910) [Public domain], via Wikimedia Commons
En caso de duda hágame usted caso, caballerete,
que tengo la pelota muy gorda.
Mira si seremos cuatro muertos de hambre –metafóricamente hablando- los que nos movemos en el submundo de la fantasía, la ciencia-ficción y el Pulp, que tan sólo me vienen a la cabeza cuatro autores españoles cuyas obras pueden encajar en esa etiqueta de Grimdark. Y únicamente tres de ellos la han reivindicado. Los más recientes son Gonzalo Zalaya y Víctor Blanco cuya novela Delbaeth Rising (de la que ya hemos hablado en este blog), a pesar de que personalmente la veo más cercana al Pulp de Espada y Brujería que a la Alta Fantasía, encaja perfectamente en el subgénero. A estos dos barceloneses hay que añadir a la novelista madrileña Virginia Pérez de la Puente, cuyos libros del Segundo Ocaso están muy en la línea de Bakker y su Príncipe de Nada, y son una magnífica muestra de Grimdark. Y el cuarto autor en discordia, que hasta donde tengo noticia jamás empleó la etiqueta, pudiendo hacerlo más que de sobra, es el castellonense Guillem López, cuyas dos primeras novelas (La Guerra por el Norte y su secuela Dueños del destino), son probablemente la mejor muestra de literatura fantástica Grimdark que se haya escrito en castellano. 

En serio, me encantaría poder decir que la etiqueta está mal empleada, que hay una multitud de autores que la emplean de forma injustificada. Pero coño, es que somos cuatro gatos los juntaletras que dedicándonos a la ficción especulativa o el Pulp hemos llegado a ver nuestros libros en negro sobre blanco. Y muchos menos los que han dicho que su novela es Grimdark. Ojalá llegue el día en que publicar fantasía en castellano sea de lo más normal y podamos decir que se emplean mal las etiquetas.

En fin, que sí, que el riesgo de que se llegue a producir ese uso equivocado del término está ahí, latente. Pero a día de hoy no es el caso. No seamos más papistas que el papa, ni nos pongamos la tirita antes de hacernos la herida. Que tampoco mola tanto esto de ser muy hater.

Eduardo Martínez.