martes, 8 de marzo de 2016

Sólo puede quedar uno. Treinta años y un día de Los Inmortales.


Es cierto, la semana pasada anunciaba, con bombo y platillo, que la entrada que ahora estarías leyendo (permíteme que nos tuteemos, que seguro que si estás leyendo esto es porque llevas una temporada por aquí y ya vamos cogiendo confianza), sería la dedicada a Fafhrd y el Ratonero Gris. Y el caso es que ayer mismo por la mañana me puse a redactarla con muchísimo ánimo. Pero por la tarde la otra mitad del dúo corchopán del Pulp, Jae Tanaka, me hizo llegar un Tweet en el que me recordaba que el lunes 7 de marzo se celebraba el 30 aniversario de una de esas películas que han logrado la etiqueta de película de culto. Una celebración que no podíamos dejar pasar ni por accidente. 

Del amanecer de los tiempos venimos, hemos ido apareciendo silenciosamente a través de los siglos hasta completar el número elegido, hemos vivido en secreto luchando entre nosotros por llegar a la hora del duelo final, cuando los últimos que queden lucharán por el premio. Nadie jamás ha sabido que estábamos entre vosotros…hasta ahora.

Con estas palabras, que cito literalmente de memoria, comienza la que es en mi opinión una de las películas que cualquier amante de la fantasía y del pulp debería ver una y mil veces. Un delirio pop ochentero, asombrosamente Pulp, que lo tiene todo para seguir siendo atemporal. Pero vayamos al meollo de la cuestión. 

"Con los huevos colganderos, al estilo talibán,
no me aprieta el pantalón"
El 7 marzo de 1986 se estrena el film Highlander (Los Inmortales de aquí hasta el final del artículo); un título que tenía todas las papeletas para convertirse en una joya de la serie B. Para empezar estaba dirigida por un novato llamado Russell Mulcahy, cuya única experiencia tras las cámaras estaba circunscrita al mundo de los videoclips. El papel protagonista recaía en un entonces joven actor francés, Christopher Lambert, que a pesar de que su desembarco en Hollywood había sido la más que notable Greystoke (de la que habrá que hablar algún día, por su personal revisión del clásico personaje de Edgar Rice Burroughs), era un virtual desconocido del star system del momento. Sus bazas comerciales eran la presencia como actor de reparto del colosal Sean Connery (un tipo que con su simple presencia justifica cualquier cosa que se emita en pantalla, incluso La Liga de los Hombres Extraordinarios), y que la banda británica Queen, que en aquel 1986 alcanzó sin lugar a dudas el momento álgido de su carrera, compartía la banda sonora con Michael Kamen, el cual acabó firmando un libreto antológico.

Las cifras de taquilla tras su estreno, que apenas alcanzó los 20 millones de dólares de recaudación mundial para un cote de 16 millones, si bien para la época tampoco deberían considerarse un sonoro fracaso, si que la condenaban a un olvido inminente. Sin embargo hay que recordar que estamos hablando de los años ochenta, la Edad de Oro de los videoclubs. Si señores, hubo una época muy cercana en la que la gente no veía películas en streaming, ni a la carta, ni se descargaba nada de nada. A lo sumo se copiaba una película de un vídeo a otro, y tampoco era lo más habitual. Era una época en la que, del viernes al domingo, había hostias finas por alquilar las películas más chulas (se lo dice un servidor, que trabajó de dependiente en un Blockbuster allá por el pleistoceno superior). Y fue gracias a ese mercado doméstico donde Los Inmortales alcanzó el lugar que hoy todavía ocupa. Por más que hay, como para todo en ésta vida, una larga nómina de haters profesionales que afirman sin rubor que la película es una mierda. Que os den.

¿Cuál es el secreto de ese salto de categoría? Para empezar la idea sobre la que se basa la película. El concepto base, idea original del guionista Gregory Widen, es poderosísimo. Un grupo de hombres inmortales que se ven empujados a combatir entre sí hasta que tan sólo quede uno de ellos en pie. Gente que ha visto pasar los siglos y que, según pasan los años, sienten una necesidad irrefrenable de acabar con los únicos que comparten esa inmortalidad. Tipos que, verbigracia de tanto siglo de afeitarse al ras, son maestros de la espada. Arma que emplean porque la única manera de que uno de ellos pique billete de forma definitiva es separando la cabeza del resto del cuerpo.

"Tranquilo tonto, que no te va a doler"
La película, de hecho, arranca con una secuencia magníficamente bien planeada. Un hombre asiste impasible a un espectáculo de lucha libre en el Madison. Mientras la gente a su alrededor ruge el aparece hierático, hasta que “algo”. Le hace mudar el semblante y levantarse de su asiento. Al llegar al parking del Madison se encuentra con otro hombre, vestido con un traje oscuro. Nada más verle pronuncia sus primeras palabras: “Fesel, espera”. A lo que el tal Fesel contesta sacando una espada ropera. Y así comienza el primer festival de espadazos entre ambos. Un duelo en el que nuestro protagonista, cuya gabardina y zapatillas marcarían tendencia (eso jodidos años 80), acaba cortando la cabeza de su enemigo con su hermosa katana de empuñadura de marfil. Para acto seguido montarse un pifostio de rayos y centellas en el que los coches acaban convirtiéndose en la peor pesadilla de las compañías aseguradoras.

Y a partir de aquí vamos descubriendo a Connor MacLeod, guerrero del clan MacLeod, que lleva arrastrándose por el mundo desde hace cuatro siglos. Asistimos, a través de una muy planeada serie de flashbacks, al relato de su vida, mientras que en el Nueva York de 1984 se prepara para el duelo final contra el último de los Inmortales. Uno de los villanos más cojonudos que ha parido el cine de acción y aventuras. Esa bestia a la que llaman el Kurgan (Clancy Brown), que representa en cierta medida a la facción del mal.

Y es que ese es uno de los grandes aciertos conceptuales de la película. Desde el principio sabemos que los inmortales luchan entre sí por alcanzar el premio final. El espectador no sabe ni la razón por la que son inmortales, ni tan siquiera saben hasta que termina la película cual es ese premio. No es necesario. Al igual que en ese ejercicio de maestría cinematográfica que es Ronin, de John Frankenheimer no hace falta saber que cojones hay en el maletín. No señores, no. Para disfrutar de una buena historia no hace falta que nos expliquen todo como si fuéramos retrasados mentales o niños de tres años. La única explicación que se nos da, y es más que de sobra, es a través de Ramírez, el cual trata de contestar las dudas que los espectadores nos hacemos, y que Connor formula en nuestro lugar:


¿Por qué sale el sol por la mañana? ¿Por qué brillan las estrellas en la gran cortina de la noche? Quién sabe... Lo único que sé es que hemos nacido diferentes a los demás. Todos te temerán, querrán librarse de ti... como la gente de tu pueblo. Contigo se ha completado el número de los elegidos. Debes estar preparado para cuando llegue el duelo final (...) A partir de ahora, empezaremos a sentir una atracción irresistible de acabar unos con otros hasta que solo quede uno. Es nuestro destino. 


En la película se nos muestra que los inmortales se alinean moralmente del lado del bien o del mal. Y que la victoria del Kurgan supondría que el mundo se sumiese en la oscuridad. Sea lo que sea el premio, más le vale a la humanidad que no lo gane el Kurgan. Y eso nos lo cuenta el mentor y amigo de Connor, el maravilloso Sean Connery en el papel de Juan Ramírez Sánchez Villalobos, espadero mayor al servicio de Carlos V. Bueno, después nos enteramos que en verdad es egipcio, y que lleva repartiendo estopa desde que se levantaron las pirámides. Pero no importa, a todos los efectos es El Español. Es Ramírez, que hace la mejor entrada de un personaje en toda la puñetera historia del cine, el que guía en sus primeros pasos como inmortal a Connor, el que le enseña a luchar y le explica las reglas del juego. Y ya de paso nos las explica a nosotros. Básicamente las reglas del juego son que los inmortales no pueden combatir en suelo sagrado; y que tan sólo pueden combatir de uno en uno, sin injerencias de otro inmortal, de forma que el inmortal que queda en pie asume los poderes del fallecido, haciéndose así cada vez más poderosos. 

Todo se resume en el mensaje que se repite una y otra vez en toda la película, y que es un mantra que se memoriza de inmediato: Sólo puede quedar uno

Y vuelve a ser Ramírez el que introduce otro de los grandes aciertos del guión. Porque, amigos míos, la inmortalidad no es precisamente un premio. En una de las secuencias más redondas de la película, con el Who wants to live forever de Queen como música de fondo, vemos como Heather, el primer amor de Connor, envejece y muere. Una escena profundamente tierna y triste. Una secuencia, con unos diálogos de despedida entre Connor y Heather que justifican ésta y cualquiera otra película. Un recordatorio de que un inmortal está condenado a ver envejecer y morir a todos aquellos que ama. Que el destino de un inmortal es estar siempre solo. 

Llegados al final, tras disfrutar de los paisajes de Escocia en toda su grandeza, en en escenario urbano por antonomasia, Nueva York, Connor y el Kurgan libran su duelo final. Un festival de espadazos y pirotecnia en el que nuestro héroe sale vencedor. Para que, en una última secuencia ya de vuelta a su Escocia natal, Connor le cuente a Brenda, una forense de la policía de Nueva York que descubre el secreto del anticuario Russell Nash/Connor MacLeod, y que ejerce de partenaire romántica. Bueno, realmente es la voz en off de Ramírez la que nos explica cual es el premio final. Que no es otro que la mortalidad. La capacidad de vivir eternamente tan sólo si se desea. 

Paciencia, escocés. Lo has hecho muy bien, aunque te llevará tiempo continuar. Generaciones enteras nacen y mueren continuamente. Tú estarás con los que viven mientras quieras, los pensamientos y los sueños de cada hombre son tuyos ahora. Tienes más poder de lo que se pueda imaginar. Utilízalo bien, amigo mío, no pierdas la cabeza.

Vale que para los cánones visuales actuales la película es excesiva, que los combates distan mucho de ser joyas de la esgrima (a pesar de que las numerosas heridas y contusiones de los actores durante el rodaje hablan por si solas del entusiasmo con que afrontaron sus papeles), que los efectos se han quedado muy desfasados o que el guión tiene pequeñas lagunas. El conjunto de la cinta es inmejorable. Narra la historia sin ningún complejo, la desarrolla de forma creíble y es consciente de la virtud de contar con una historia genial. 

No hablaré aquí de las secuelas, de las series, de la franquicia que se montó a la estela de Los Inmortales. Que si, que eso explica muy bien el éxito posterior de la cinta. Aquí reivindico la que es, sin ningún género de dudas, una de las mejores películas de acción y fantasía de una década acojonante. Una película cuya historia, lejos de envejecer, se mantiene vigente. Y de la que hay cantos de sirena desde un Hollywood huérfano de ideas, de un posible remake en ciernes. Ojalá y el Kurgan les corte antes la cabeza. Porque, amigos míos, sólo puede quedar uno…





Eduardo Martínez.