viernes, 12 de febrero de 2016

El Ministerio del Tiempo: Tiempo de Leyenda


Están todos buenísimos. Es un poco humillante...
Tal y como habíamos dicho anteriormente, ayer por la noche los irresponsables que habitualmente firman las entradas de este blog acudimos a una de esas citas a las que no se les puede decir que no. Nos habían invitado, por diversas razones en cada caso, a la premiere de la segunda temporada de El Ministerio del Tiempo. Así que para allá que nos fuimos, tan nerviosos quese nos salía el pis como a un cachorro de perrete.

Sería sencillo hasta cierto punto hacer un resumen somero de la velada. Que si vimos a los actores por aquí, que si a Javier Olivares y Anaïs Schaaff por allá, que si a un servidor le entrevistó en directo la encantadora Paloma G. Quirós para la retransmisión de RTVE.es (¿He dicho ya que Paloma es un encanto?), o que si el otro miembro del dúo sacacorchos disfrutó de la proyección en primera fila. Y también sería muy fácil acudir a lugares comunes para afirmar con rotundidad que nos lo pasamos teta. 

Pero como a este blog le ponemos cariño, y le entregamos un tiempo que muchas veces casi ni tenemos, vamos a hacer las cosas como Cthulhu manda. Vamos a tratar de hablar de ese primer capítulo de la segunda tanda, titulado Tiempo de Leyenda, sin caer en spoilers. Y de paso lo aderezaremos con alguna que otra reflexión sobre nuestras profesiones de pintamonas y juntaletras respectivamente.

Después de una primera temporada de ocho episodios, se puede afirmar sin tener miedo a exagerar, que El Ministerio del Tiempo forma parte ya del exclusivo club de las series de culto. Esas series que generan a su alrededor una casi imposible conexión entre una parte muy especial de los espectadores, generalmente la más exigente y especializada, y la crítica. Una serie que rompe las convenciones y hace avanzar la forma de contar historias. La primera temporada de El Ministerio del Tiempo, por si sola, había bastado para convertirla en parte de la historia de la televisión en España. Una de esas series de las que, dentro de veinte o treinta años, si es que seguimos dando guerra y no nos hemos ida a hacer puñetas definitivamente, seguiremos hablando con una mezcla de nostalgia y admiración. Las razones ya las expuse hace una semana en un artículo que, lo reconozco, era más bien de fangirl exaltada que de un aspirante a analista de la narrativa pulp y la cultura pop. Es lo que tiene ser un ministérico. 
Imagen promocional de la segunda temporada ©RTVE

"No empecemos a chuparnos
 las pollas"
Llegados a ese punto, de cara a una segunda temporada, los responsables de la serie tenían tres caminos por tomar, tres posibilidades. La más sencilla habría sido la de mirarse el ombligo, con autocomplacencia, pensando que todo el trabajo estaba hecho. En plan, “joder, somos tan buenos que para qué tocar nada”. Sí, eso que es tan habitual en el mundillo editorial hispano, y de lo que pecamos también nuestro pequeño nicho del Pulp. Que nos creemos la hostia en verso y somos capaces de enseñar cualquier mierda pensando que es néctar de los dioses (obsérvese que en ambos casos nos estamos incluyendo, para que luego no nos vengan con suspicacias, pero ya volveré a este asunto más adelante). Tenemos, entre otras muchas, que aprender una cosa del equipo de El Ministerio del Tiempo, y es ese espíritu de "siempre podemos hacerlo mejor" que se ve detrás de cada episodio y de cada evento con los fans. Y es que la autocomplacencia es el cáncer de la creatividad.

 La opción dos habría sido la de cagarse en los pantalones, bajárselos sin ningún decoro, y dejar que los directivos del ente público les sodomizaran convirtiendo la serie en Los Serrano viajan por el tiempo (cosa, que por otro lado, mataría por ver si conviviese con la serie original). Que os confieso que, tras las declaraciones del año pasado tal anunciar la renovación, en las que decían que desde televisión española habían sugerido cambios para hacer la serie más accesible al público –ya me gustaría pillar por banda al gilipollas de ejecutivo que, tras tirarse un sonoro cuesco, creyó que eso era una idea-, me tenía acojonado. Vamos, que tras apagarse las luces del Cine Capitol, una fría gota de sudor me recorría el espinazo.

Fotograma del episodio "Tiempo de Leyenda"
Y la tercera, la más difícil y arriesgada, era la de levantar los ojos del ombligo, mirar al vacío, y dar un salto de fe. La de, confiando de nuevo en la inteligencia de los espectadores, ser fieles al universo y la mitología creadas en los primeros ocho capítulos. La de volver a apostar fuerte. Y joder si lo han conseguido. Porque, muy señores míos, el capítulo nueve de El Ministerio del Tiempo, primero de la segunda temporada, es una auténtica maravilla. Una pieza de orfebrería donde el espectador pasa de la carcajada a dejar caer una lágrima en cuestión de segundos. Un guión sencillamente redondo en el que se retoma el testigo de lo ocurrido en la primera temporada, y se lanza la pelota hacia delante con más fuerza. Todo lo que hizo brillante a la primera temporada está ahí: sus notas de humor inteligente, sus referencias cruzadas, esos running gags que se estiran lo justo, su conocimiento y amor sin complejos a la historia de España. También hay lugar a la emoción, a sentir lástima y compasión. Y lo que de verdad me dejó, y no encuentro mejor manera de describirlo, el culo que no me entraba un cañamón. ÉPICA. Así, con mayúsculas. Hay lugar a la épica. Ya lo decía ayer, en plena efervescencia del post-capítulo en Twitter, En España, tanto en el cine como en la televisión, hemos demostrado que somos capaces de rodar comedia, drama, romance, thriller, etc. Casi todos los géneros. Pero teníamos una deuda pendiente con el género de la épica. Pareciera, y léase la ironía, que nos diera miedo. Pero ayer, cerca del final del capítulo, de un capítulo que gira en torno a la figura clave y fundamental de la épica en lengua castellana, Rodrigo Díaz de Vivar, Mío Cid el Campeador, nos pusieron a un servidor y al resto de casi dos mil espectadores que abarrotaban el Cine Capitol, los pelos como escarpias. La sabia combinación de unos actores en estado de gracia, un guión brillantísimo, una música impactante, unos recursos digitales aprovechados más allá de lo que pueden aprovecharse (si logran hacer esto con el presupuesto que tienen, no me quiero imaginar lo que podríamos llegar a ver con el presupuesto de una serie de la BBC), y una dirección casi perfecta, han creado la primera secuencia auténticamente épica jamás rodada por una producción española. Lo dicho, se os va a quedar el culo torcido. Una épica sustentada, como no podía ser menos, en un guión en el que, y me encantaría poder hablar esto con Javier Olivares, creo encontrar referencias de la narrativa de Pérez-Reverte. Son los suyos unos héroes cansados, que rigen su vida por unos principios y una moral propia que el resto de los mortales no llegan a entender, pero que no pueden dejar de admirar. Y ayer vi a unos colosales Sergio Peris-Mencheta y Nacho Fresneda encarnando a unos héroes cansados, protagonistas de las mejores secuencias épicas que hemos visto en la televisión. 

Dicho todo esto, toca mencionar, una vez más a los responsables primeros de todo este milagro. Algo que me toca muy de cerca por eso de ser un humilde juntaletras, un aspirante a narrador (en esta vida siempre se es aspirante). Si bien el equipo de la serie ha demostrado que, desde el primero al último, son de lo mejor que el mundo audiovisual español puede aportar, nada de esto habría sido posible sin que los hermanos Olivares idearan El Ministerio del Tiempo. Es gracias a ellos y al trabajo ingrato del resto de los guionistas, que esta serie es lo que es. Un trabajo que es menospreciado en España hasta límites que dan asco. Hace menos de una semana, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de España celebraba la 30 edición de los Premios Goya. Mientras deleitaban al espectador con un nuevo ejercicio bochornoso de ombliguismo, con, oh novedad, un discurso del presidente de la academia, el cómico Antonio Resines, en el que volvían a darnos lecciones de ética y moral; a los guionistas se les trataba casi como si fueran ciudadanos de segunda. Gentuza prescindible, que no merece pisar la dichosa alfombra roja en compañía del resto de colegas de gremio. Debe ser que las historias se escriben solas. Que esos textos que permiten que actores como el propio Resines puedan brillar. Puede ser que sea eso. De forma que entiendo y comparto el hastío y el hartazgo profundo que ayer mismo por la mañana manifestaba Javier Olivares. Comprendo, con todo lo que ello significa, que los creadores se cansen de ser menospreciados, olvidados. Por eso cuando en la noche de ayer, en la que Javier Olivares, como representante de su hermano Pablo y del resto de guionistas de la serie (Anaïs Schaaff, José R. Fernández y Paco López Barrio en la primera temporada), recibió el reconocimiento de un público entregado; tuve el privilegio de vivir en directo uno de esos raros momentos en los que se hace auténtica justicia. 

Habrá gente que no disfrute con El Ministerio del Tiempo como o puede hacer un servidor, incluso los habrá que no les guste o les aburra. En un país donde la basura catódica made in la Cadena Amiga de Fuencarral (Telahinco) sigue logrando magníficos resultados de audiencia todo es posible. Pero esto es como lo de las moscas y la mierda, el número no da la razón. De ser así miles de millones de moscas son la prueba palpable de que la mierda es apetitosa. E incluso habrá lectores que, teniendo mejor gusto que los antes citados, tampoco estén de acuerdo con lo que opino. Ya se sabe lo que se dice de las opiniones y los culos; todos tenemos uno y nos creemos que solamente los de los demás apestan. Es probable. 

Pero si de algo sirve el consejo de este servidor, si no se han enganchado ya a El Ministerio del Tiempo, todavía están a tiempo de hacerlo antes de que, tarde o temprano, algún gilipollas cuyas dos únicas neuronas tienen por fin el permitirle robar dinero público y atarse mal la corbata, decida privarnos de ella. Me gustaría creer que vivimos en un país cuya televisión pública actúa de forma inteligente, y además de dar auténtica libertad a los creadores, renueva de forma automática a una serie de las que otorgan auténtico prestigio. Si, prestigio. Un valor intangible mucho más importante que el share (si alguien tiene huevos y paciencia que le explique eso a aquí los políticos y economistas de nueva hornada, que verán que risa más floja les entra). 

Recuerden ustedes lo que les digo: No es televisión, no es HBO…es El Ministerio del Tiempo.


Eduardo Martínez.