jueves, 28 de enero de 2016

La Alarma

Narciso Ibáñez Serrador en 1964,
en el palmarés de los Premios Ondas.
Fotografía sin acreditar.
Recurrir a la condición cainita de este país de envidiosos, aprovechados y ladrones que es Spaña (con "s" líquida, como lo pronuncian los fachas del NO-DO) se ha convertido ya en un tópico. Pero es que decir que si Narciso Ibáñez Serrador hubiera desarrollado su carrera profesional en los USA o Inglaterra sería una de las figuras más relevantes de la historia de la Televisión a nivel mundial es una verdad como un puño. Sin embargo, al pobre le tocó trabajar en España, en esos años 60 en de apagón cultural promovido por la dictadura de nuestra atiplada Paca la Culona. Apagón que no hizo sino darnos un acelerón en esa carrera que nos ha llevado de ser una potencia intelectual occidental a una manada de encefaloplanos que idolatra a otros aún más encefaloplanos, pero con pasta, que dan patadas a un balón o ponen sus esperanzas de futuro en un mojabragas de cafetería de universidad. Eso si, el adn pirata y fullero lo conservamos intacto, que del tendero que escondía piedras en la balanza al que piensa que si está en internet, es suyo, sólo hay un cambio de medio y no de mentalidad. En fin...

Cabecera de Historias para no dormir
© RTVE
Pero vuelvo a Narciso Ibáñez Serrador, Chicho, como más tarde sería conocido por el gran público en su faceta de director de ese glorioso rompe prime times (de otros tiempos) que fue Un, Dos, Tres... Responda otra vez. Bien. Antes de ser esa omnisciente voz en off, el deus ex machina del concurso que juntaba cada viernes a esas familias de jersey cuello de cisne y pelazos con más laca que el PP de Valencia, Chicho se arremangó y cogió por los cuernos el toro de la misma franja horaria que acogería a su concurso, la de la noche de los viernes para, siguiendo los pasos de producciones televisivas como Alfred Hitcock presenta... o editoriales como Tales from the Crypt, meter por los ojos a los televidentes de entonces una serie de relatos de terror, fanta-ficción y noir: Historias para no dormir. 30 episodios la mayoría de ellos autoconclusivos que o bien tenían guiónes originales o bien adaptaban a Poe o Bradbury. Ahí queda eso. No hay nadie de esa quinta, la de mi madre, que no tenga grabado a fuego en la memoria el espectacular arranque del espacio: una negrura impenetrable que se ve rasgada por una puerta chirriante tras la que vemos el nombre del espacio escrito en una tipografía magnífica, excesiva, sesentera y ye-ye, y luego, un grito espeluznante y un portazo. No había una melodía que se pudiese silbar, ni una cara conocida. sólo una conceptualización del espanto.

Esta bofetada visual y sonora daba paso habitualmente a una intro del propio Narciso en la que, al estilo de Hitchcock o el Guardián de la Cripta, nos presentaba el episodio que se iba a dar a continuación. Este prólogo solía tener siempre un tono cómico, de marcado humor negro y mucha mala leche. En varias ocasiones hacía alusión a los sacos de cartas que recibía en contra del programa o a las penurias que tenía que pasar para sacar adelante los episodios. Normalmente lo hacía entre bastidores, como si quisiese dejar claro que lo suyo era una ficción, y casi siempre sólo, con su pinta de hipster flequilludo, masticando a veces una pipa y leyendo papelotes desde detrás de unas gafas por cuya montura mataría a quien se me pusiese delante. No me cuesta nada imaginarme a esas señoronas de misa diaria torciendo el morro al ver aparecer al pipiolo ese al que Televisión Española había dado un hueco. Por que hay que reconocerle que le echó muchos huevos al asunto, que como he dicho, en plena dictadura del aflautado generalísimo robó casi una hora semanal de televisión pública para que por las pantallas de esa España meapilas y pacata se colasen terrores del espacio exterior, despiadados gangsters y horrores góticos. Narciso fue un visionario, si, pero también un valiente de cojones. Ahora, que hemos sustituido a la Iglesia por las AMPAs (que tiene guasa el acrónimo) y demás adalides de la corrección política sería impensable tener una serie de terror en el prime time de los viernes de RTVE, pero imagino que antes los abanderados del buenismo tenían menos canales por los que dar por culo.

De todos modos, no quería yo explayarme tanto con Historias para no dormir en general, que ya volveré a la serie en su totalidad más adelante, sino con un episodio en particular, La Alarma, emitido en dos partes entre el 20 y el 27 de mayo de 1966. Como casi la totalidad de los episodios, este es un "yo me lo guiso, yo me lo como" de Ibáñez Serrador (no nos dejemos engañar por el guión acreditado a Luis Peñafiel, pues es un seudónimo de Narciso). En un total de poco más de 60 minutos (eliminando créditos, intro y resumen de la primera parte al inicio de la segunda) Ibañez Serrador narra la que, en mi opinión, es la mejor historia de la ciencia-ficción española, una trama que, con otros 30 minutos, unos pocos más de medios (y rodada por ingleses o americanos) estaría reconocida entre las más grandes obras sci-fi del siglo XX. No sólo el guión (del que no quiero desvelar nada, porque merece la pena sentarse a ver los dos episodios si no lo habéis hecho) sino toda la envoltura, desde la presentación al aprovechamiento casi extenuante de la escasez de medios deben considerarse un hito de la televisión no sólo española, si no mundial.

Cabecera de La Alarma © RTVE
En La Alarma, más que en ningún otro episodio, juega Narciso a entrar y salir de la narración, a ser un observador omnisciente, y tremendamente sarcástico, de todo lo que está pasando en esos tres o cuatro sets de cartón piedra. La intro es una prueba magistral de ese control absoluto que el realizador tiene sobre su obra: tras divagar generalidades sobre lo que es una alarma, hace saltar la de una joyería arrojando un ladrillo al escaparate. El parpadeo de dicha alarma y el incesante timbrazo nos sirve de telón para los créditos, acompañados de un quedo redoble de tambor. Conceptual a más no poder, y efectivo. Narciso rompe el escaparate y se va, y es su salida de plano, que no de la narración, lo que da el pistoletazo de salida a la historia, que parecía estar esperando congelada a su señal para echar a andar. Que su huella en la trama es indeleble queda patente cuando, ya al final de la historia vemos a un grupo de gente arremolinada frente a ese mismo escaparate, lamentado el acto vandálico de "algún gamberro". Y vaya que lo es, pues tanto el final de la primera parte como el arranque de la segunda cuentan de nuevo con Ibáñez Serrador colándose en el set, con un aire aburrido y escéptico, un espectador al que le falta decir "si yo pasaba por aquí, pero ya me iba"


Pero del mismo modo que no se toma en serio a si mismo, Narciso Ibáñez aborda la historia con un respeto reverencial, hasta el punto de contar con la asesoría técnica del Gabinete Nuclear del Estado (que me imagino que serían unos señores muy adictos al Régimen con los mismo conocimientos en física que una alpargata). No se de qué retorcidos subterfugios se serviría el realizador, pero consigue colar en el guión que España era, por aquel entonces, un país bastante analfabeto a nivel tecnológico, y que el vulgo ignoraba de la existencia de centrales nucleares en la "piel de toro". Por si no quedaba claro que Narciso Ibáñez tenía algún que otro recado referente a la situación sociocultural del país da el papel protagonista a una prostituta (dice que es bailarina en un club, y cuando termina se va al puerto a "pasear"... ehem) y retrata al "españolito de a pie" (perdón por las ranciedades) como una especie de becerro obtuso y estúpidamente risueño. Y es que el episodio nos plantea que en los próximos dos días van a llegar a la tierra incontables naves de procedencia alienígena y la reacción de los viandantes ante una entrevista televisada es agolparse frente a la cámara cual niños esclavos en torno a Indiana Jones y "saludar a mi hija, que vive en Granollers" (el momento de la señora hablando en catalán seguro que provocó algún que otro ictus).

Narciso Ibañez Menta
Fotografía sin acreditar
 Frente a esa manada inconsciente del significado de la llegada de los extraterrestes nos encontramos con Javier Urrutia, un físico que trabaja para el Gobierno magistralmente interpretado por el enormísimo Narciso Ibáñez Menta, padre y actor fetiche del director. (Insistiendo en el tema de lo mal que trata España a sus representantes de la cultura, habría que decir que Menta debería ser una figura clave del terror, al nivel de Cushing, Lee o Price, pero insisto, aquí somos más de glorificar a un destripaterrones que da golpes a pelotas, ya sea con los pies, las manos, una raqueta o el cimbrel si se tercia). Urrutia es una suerte de Quatermass español, pero lejos de la iracunda y prepotente actitud del inglés, el físico encarnado por Menta es un hombre de maneras suaves, apocado casi, obligado a salir de la zona de confort de un laboratorio para enfrentarse a un misterio que, una vez resuelto, le atormenta con la plena conciencia de que sus actos han provocado con casi total seguridad la extinción de la especie humana.

Y es que la genialidad de este episodio no está sólo en su guión, sino en cómo está estructurado, pues tras las escenas iniciales en las que descubrimos la llegada de los visitantes al planeta, Narciso Ibáñez nos presenta al atormentado Urrutia, quien, haciendo uso de la voz en off habitual en muchos episodios, se revela como causante del desastre que se avecina y en un flash back que abarca la casi totalidad del metraje, explicarnos el porqué. Así, con tan sólo dos personajes principales, y un tercero más instrumental que otra cosa, Narciso Ibañez hilvana una historia de ciencia ficción de todo o nada, de Humanidad en peligro, cuya grandilocuencia no está en unas imágenes limitadas por unos medios técnicos escasos, sino en una narración tan sólida que te mantiene pegado al televisor. No me quiero ni imaginar la frustración de los espectadores que aquel 20 de mayo del 66 recibieran como una bofetada el vertiginoso cliffhanger con el que cierra la primera parte y, en cierto modo, les envidio.

La Alarma es una obra maestra de la ciencia-ficción del siglo XX. Hagámosle el hueco que se merece.

Jae Tanaka