jueves, 26 de noviembre de 2015

La mediocridad en el proceso creativo

Estos últimos días nos hemos llevado el sorpresón de que se está trabajando en un juego de rol basado en el universo de Máscaras de Matar, una novela de León Arsenal que si no habéis leído es el siguiente paso que tenéis que dar después de terminar de leer mi entrada (¡o antes!). Para mí, obra clave, y cumbre, de la fantasía española y cuyo lore da para mucho más de las escasas 300 páginas que tiene.

El jarro de agua fría me cayó encima cuando vi las primeras muestras de arte asociadas al proyecto. Solo tengo una palabra para describir el resultado: genérico. Me parecen perfectamente indistinguible de cualquier ilustración de D&D, Pathfinder, King of War o la mayoría de universos de fantasía actuales, exceptuando, por razones evidentes, a los retroclones. Una obra de la importancia de Máscaras de Matar no se merece "más de lo mismo".

No quiero que se piense que esta entrada es un ataque personal al ilustrador (de hecho, no he querido ni informarme de quién es, porque hasta es posible que le conozca) sino contra este modus operandi basado en el concepto de "riesgo cero" que condiciona tantísimos trabajos creativos que acaban revolcándose en la medianía cuando tienen chicha suficiente para destacar con un arte que se salga del corral. Por eso mismo no voy a acompañar esta entrada con ninguna imagen; no quiero hacer comparaciones, no quiero hacer hincapié en nada en particular, sino que partiendo del caso de Máscaras de Matar, quiero ir a cuchillo a por esa enfermedad congénita que padecen la gran mayoría de los procesos creativos y se los carga desde dentro.

Hablo con conocimiento de causa: llevo más de 18 años trabajando en cosas relacionadas con eso del arte (animación, ilustración, publicidad, etc...) y en muchas más ocasiones de las que tengo cojones de reconocer los artistas nos limitamos a trabajar en base a referencias de algo cuyo éxito está demostrado. Lo que se viene llamando, de toda la vida, copiar.

Vamos a un ejemplo práctico; el spot de la Lotería Nacional de estas Navidades: tenemos la misma historia del año pasado pero con otro personaje. Espera... ¿otro? Bueno, es al viejo de Up, pero un poco más joven, y con bigote y con las gafas redondas, que a ver quién es el guapo que asume una demanda por plagio de parte de la Disney. Estoy totalmente convencido de que el equipo responsable del spot es capaz de hacer algo mil veces mejor, mil veces más original, y exactamente igual de efectivo, y además, así se habrían ahorrado los muchos comentarios negativos que se está llevando. Pero a nivel de desarrollo artístico han sido conservadores, han ido a por "lo que ha funcionado antes" y el resultado no ha sido un mal trabajo en absoluto, si no simplemente algo con aires de déjà vu. Es como si a la hora de haber enfocado el producto hubiese cundido un pánico atroz a la más mínima innovación. Y si bien es verdad que las tendencias existen, sólo el que se las salta es el que hace avanzar una disciplina.

Ahora vamos a un ejemplo de lo contrario: ¿Sería Aquelarre una obra tan relevante en su aspecto gráfico si se hubiese limitado a ponerse a rebufo de otros juegos de rol contemporáneos, digamos Vampiro o Kult? No, desde luego que no.

La cosa es que los que tenemos la poca vergüenza de llamarnos a nosotros mismos creadores tenemos la obligación de eso mismo, de crear. Y es que a veces los artistas somos mucho de mirarnos al ombligo, de como dice el Señor Lobo en Reservoir Dogs "chuparnos las pollas" y de dejarnos llevar por lo guay que sabemos hacer nuestras cositas. Y eso está muy feo. Cuando entras en deviantArt, o en cualquier otra plataforma online que recoge el trabajo de muchos artistas de todo el mundo, y te das cuenta de que hay demasiadas obras iguales, que comparten paleta, composición, estilo de pincelada, recursos... es evidente que algo estamos haciendo mal. Como he dicho las tendencias existen, pero no podemos dormirnos en los laureles de "lo que sabemos que mola". Ningún creador parte de cero, ninguno, todos trabajamos sobre "algo", todos tenemos influencias y predilecciones, pero creo que muy negativo quedarnos en eso, en replicar lo que nos gusta, en limitarnos a volver a eso que nos hizo "clic" en la cabeza y nos obligó a coger un lápiz y ponernos a dibujar o a escribir o a componer. Tener talento creativo y limitarse a reproducir el trabajo de otro es desperdiciar ese talento.

Yo mojo las bragas con Jack Kirby y en mi estilo hay muchísimo de The King, y si bien hay veces que no puedo evitar hacer una ilustración que sea una referencia directa a su lenguaje, una copia sin valor, intento poner de mi parte. Por un lado, porque como Kirby sólo dibuja Kirby y nadie le llega ni a la suela del zapato, y porque creo que limitarse a copiarle es traicionar su legado. No creo que él estuviese satisfecho de ver cómo otro dibujante clona ese estilo que le convirtió en leyenda del cómic (debería serlo del arte universal, pero ya sabemos lo tiquismiquis que es el mundo de la cultura con según qué manifestaciones artísticas), si no de ver cómo su estilo es transformado en la obra de otro artista y se mezcla con el lenguaje personal de este. Esto de el arte es un ser vivo, y lo suyo es que se mezcle y se reproduzca dando lugar a organismos nuevos, interdependientes entre sí, pero con personalidad propia.

Volviendo al tema con el que he arrancado la entrada, las ilustraciones para Máscaras de Matar: yo no digo que las pudiese hacer mejor (que ni de coña), pero al menos intentaría hacer algo diferente.

Jae Tanaka.

martes, 24 de noviembre de 2015

El Pulp es una mierda

Vale, lo del título del post es para llamar la atención, lo reconozco. Pero es que hoy esto es largo, y si quiero que alguien lo lea hay que ponerse un poco tremendista. En fin, disculpen ustedes la sucia maniobra, que es por un buen fin.

Desde que comenzó la andadura de ésta bitácora, hace ya algo más de dos meses, hay un tema que he pretendido abordar en numerosas ocasiones y que, por todo tipo de excusas peregrinas, he ido postergando. Así que ya va siendo hora de hablar de uno de los asuntos más polémicos que arrastra la literatura Pulp en nuestros días, el debate sobre su calidad. 

Seamos sinceros, uno de los mantras más escuchados cuando surge el pulp en una conversación de literatura es que es, literalmente, una mierda. Por descontado que, entre una producción tan multitudinaria y tan prolongada en el tiempo, los kilos de papel de pulpa impreso que habrían tenido mejor destino en un retrete deben de contarse por toneladas. Mierda se escribió, y mucha. Y por el contra, tal y como resulta evidente, con una simple mención de autores que nacieron en las páginas del Pulp de las primeras décadas del siglo XX, se puede desmontar la afirmación casi por completo. Y es que eso que llamamos literatura Pulp, que como hemos repetido muchas veces no es un género, sino un fenómeno cultural, ocurre como en el resto de literatura. Hagan ustedes la prueba que les propongo; acudan a una librería grande de esas sin personalidad, La Casa del Libro, la sección de libros de FNAC o de El Corte Inglés, y tras revisar las mesas de novedades traten de ser objetivos. ¿Cuántos libros de los que están viendo no sirven ni para calzar una mesilla? Pues ya saben.

El caso es que, a día de hoy, nadie en su sano juicio debería discutir la innegable calidad literaria de los Howard, Lovecraft, Leiber, Burroughs, Hammet, etc. Que editoriales académicas de prestigio como es el caso de Cátedra, apueste por crear una colección como Letras Populares en las que vuelven a publicarse títulos de estos autores bajo el prisma crítico nos debería dejar las cosas claras. Así que, por este lado, poco más que añadir. Ahora toca abordar el meollo del asunto, el Pulp que se publica y escribe hoy en día, llamémoslo Neo-Pulp, e-Pulp, o como se nos ponga en el Arco de Septimio Severo. 

A día de hoy el Pulp se puede abordar desde tres ópticas principales. Por un lado el de recuperación de títulos originales. En segundo lugar en el de escritura y publicación de obras que tratan de emular las que protagonizaron los momentos de esplendor del género. Y, por último, la de escritura y publicación de obras que, tomando como base las características propias de aquel fenómeno literario, intentan hacer una literatura de corte Pulp pero aprovechando los avances narrativos de nuestro tiempo.

De la primera labor, la de recuperación, desde la perspectiva que me da llevar tres lustros ligado profesionalmente, de una forma u otra, al mundo del libro, creo que se están dando avances pequeños, aunque muy significativos. Que a la labor que editoriales como La Biblioteca del Laberinto se haya sumado gente como la ya mencionada editorial Cátedra con su colección Letras Populares, Darkland, DLorean, la Revista Barsoom, etc. nos da señas inequívocas de que hay un mercado muy interesado en el Pulp. Un tema que retomaré dentro unas cuantas líneas, y que va a resultar muy importante en mi argumentación. 

Y aquí llegamos al meollo de la cuestión, las dos formas de abordar el Pulp en nuestros días, la de los émulos más o menos acertados de los escritos de la Edad de Oro, y la de las obras nuevas que se adaptan a las características del fenómeno narrativo Pulp. Aquí me toca decir eso de, “abróchense los cinturones, que vienen curvas”, y de emplear el plural, incluyéndome en el asunto.

Todos los lectores de Neo-Pulp, hagámonos la pregunta de marras, ¿tienen razón los que afirman que el Pulp actual es una acumulación de estiércol literario? Antes de contestar airados, golpeándonos el pecho en plan King-Kong cuando ve a Ann Darrow tratemos de hacer un ejercicio de autocrítica. ¿Lo que estamos publicando tiene la suficiente calidad?

Veamos, un libro puede estudiarse desde una perspectiva puramente literaria, y otra física y editorial. La primera hace referencia al contenido, a su calidad artística. La segunda al contenido, al libro como objeto físico. Pues señores, con la mochila de años que llevo a cuestas viviendo malamente de los libros, estamos haciendo las cosas mal. Para nuestra desgracia, e insisto en que me incluyo, destilamos un peligroso tufo amateur. No niego que estemos escribiendo novelas y relatos con toda nuestra buena intención, que los que editamos libros nos esforcemos por hacerlo lo mejor posible, pero no es suficiente. El 80% de nuestra producción no pasaría el filtro de una editorial grande. Y ese tiene que ser nuestro objetivo claro. 

Así si...este es el camino. Sin perder la
esencia Pulp, un diseño de calidad.
En el plano editorial seguimos publicando obras con diseños de cubierta manifiestamente malos, impropios de una industria con el potencial de la que tenemos entre manos (ahora hablaré de esto mismo). He sido librero nueve años, y no precisamente en un supermercado de libros de usar y tirar. LIBRERO, con mayúsculas. Y si algo tengo claro de esa época es que el libro, para llegar al lector, tiene que tener una presencia física impecable. Una presencia que tan sólo se logra invirtiendo no sólo en buenos ilustradores, sino también en buenos diseñadores. El envoltorio tiene que estar bien trabajado, o no saldremos jamás del nicho estético en el que nos encontramos, que en la mayor parte de los casos no pasa del de obras en una manta en un mercadillo de pueblo. A esto hay que añadir que nos suele faltar una maquetación profesional, y una elección adecuada de papel y fuente de impresión. ¿Queremos que el lector, en cuanto tenga nuestro libro en la mano, no quiera soltarlo, o que ni tan siquiera se acerque a ojearlo? Los lectores son fetichistas por naturaleza. Coño, aprovechemos ese fetichismo. Y si, todo esto cuesta dinero (es lo que tiene tener que contar con auténticos profesionales). Así que, cuando no hay dinero, hay que agudizar el ingenio y trabajar el doble o el triple. La tecnología actual nos ha otorgado herramientas que, con mucho tiempo y práctica, nos pueden ayudar a acercar nuestro producto a los cánones de calidad que deberían de ser nuestra meta.

Y en cuanto al tema literario, que es el que más nos debería preocupar, toca echarse ceniza sobre la cabeza, porque tampoco es que brillemos en exceso. Por alguna razón que se me escapa, en lugar de hacer lo que decía antes, eso de tomar como base las características propias del Pulp clásico para crear una literatura de corte Pulp en la que aprovechemos los avances narrativos de nuestro tiempo, volvemos una y otra vez a repetirnos como una sopa de ajo. Nos hemos convertido, en la mayor parte de los casos, en vulgares imitadores. Y si al menos imitásemos a los grandes maestros, lo mismo esto tenía un pase. Pero no, parece que nos regodeamos imitando los modelos más cutres, más de serie B o serie Z. Que vale que ese tipo de novelas o películas son divertidas. Que en manos de un buen artista se pueden lograr productos narrativos asombrosos (aquí Tarantino, con sus guiones, nos muestra el camino), pero por lo general nos quedamos en émulos baratos. Y no, joder, no, lo estamos haciendo muy mal.

Félix J. Palma. Si leeís su trilogía victoriana
podréis afirmar que es uno de los nuestros.
En España tenemos ejemplos de autores que han triunfado y que, si lo miramos con detenimiento, están produciendo literatura puramente ligada al Pulp: Félix J. Palma, y su Trilogía Victoriana o Pérez Reverte y su Alatriste. Autores que cumplen con el primer requisito que cualquier escritor debería cumplir, y en ocasiones olvidamos con peligrosa facilidad. Conocen y cuidan nuestra principal herramienta de trabajo, que es el lenguaje. Saben emplear nuestro lenguaje con propiedad, desarrollan un estilo literario claro y definido. Tanto el uno como el otro, basándose en la literatura de especulación científica y en los folletines de capa y espada el segundo, toman los elementos que hacen especial al Pulp y logran productos de una calidad indiscutible y con éxito de público. 

Vale, ninguno de nosotros somos Pérez Reverte o Félix J. Palma, ni jamás lo seremos. Pero qué demonios, pongámonos en manos de correctores de estilo antes de dar el ok definitivo a la imprenta. Evitemos que nuestras obras tengan errores estilísticos imperdonables (coño, que he tenido que “sufrir” novelas en las que se emplea el presente, el perfecto simple y el imperfecto casi sin solución de continuidad, en tres párrafos de la misma página, rompiendo cualquier intento de unidad narrativa). Trabajemos a fondo la documentación de nuestras novelas, estén ambientadas en el pasado, el presente o el futuro; en un mundo imaginario o en el nuestro. Por citar un ejemplo, cuando cualquier aficionado al Pulp descubre el trabajo previo de Howard a la hora de construir su Era Hiboria, puede perfectamente entender que jamás necesitara una novela de 1200 páginas para describir uno de los mundos imaginarios más consistentes que se hayan creado. Porque, y ese es un punto a favor que deberíamos explotar, para contar una buena historia y para crear un personaje inolvidable, no se necesita de una saga de siete volúmenes y miles y miles de páginas. Tolkien o Martin no deberían de ser nuestros modelos. Nuestra narrativa, la que nos apasiona y nos mueve, aunque cargada de adjetivos, ampulosa y barroca en ocasiones, en su esencia es como un disparo, seca y directa. Un escritor puede estar años sin escribir una sola palabra, pero jamás deja de leer. La lectura es nuestro alimento, el que nos carga de gasolina creativa. Y si algo nos otorga el bagaje literario Pulp es una capacidad de agarrar la historia por los cuernos, y lanzarnos directos y sin rodeos hacia lo que nos interesa.

Diablos, pongamos de nuestra parte, esforcémonos en salir del papel de payasos de feria, vulgares imitadores de esas novelitas de bolsillo que nos fascinan, y aprovechemos nuestras herramientas. Trabajemos como profesionales, que tenemos un mercado enorme de lectores deseando leer lo que podemos ofrecer. Y tenemos que hacerlo sin olvidar que salimos del barro, literalmente. Estamos en un rincón marginal de la literatura al que las grandes editoriales no hacen ni puto caso. Tan sólo con un trabajo ímprobo de escritura, y otro todavía mayor en autopromoción y de redes sociales (de esto escritoras como Ana González Duque o Aránzazu Serrano nos podrían dar lecciones), podremos crear una base sólida de lectores que nos permitan atravesar la puerta de Penguin Random House o del Grupo Planeta con un puto ariete. Porque, aunque publicar con un grande no garantiza nada (hay numerosos casos de autores de género que han llegado a una grande y que no han pasado de una sola novela, teniendo que volver a las procelosas aguas de la autopublicación), si es cierto que nos otorga unos medios de difusión y publicidad a los que no tenemos ningún acceso. 



Hagamos todo esto, o vendrán desde fuera y nos comerán la tostada. Tomémonos muy en serio nuestro papel de escritores. Respetemos esta bella profesión. Aceptemos que hemos producido mucha basura, que los que nos critican tienen gran parte de razón, y pongámonos manos a la obra para cerrarles la boca de una puñetera vez. Está en nuestra mano.

Eduardo Martínez.

jueves, 19 de noviembre de 2015

Una de zombis.

En The O.C.C.U.L.T. Herald tenemos la intención de hacer un hueco no sólo al Pulp y a la fantasía, temas que han monopolizado casi todas las entradas desde su inicio, sino también a todas esas narrativas que, por una razón u otra se ha considerado marginales, o han sido concebidas como tal, todos aquellos subgéneros en los que ese "sub" tiene el doble significado de estar supeditados a un género mayor y de estar por debajo de lo que se considera "una calidad aceptable". Los parias de la narrativa, ¡los desheredados de la cultura! (¡Barbilla levantada, mano en el pecho, orgullo en los corazones, mis Morlocks!)
Tamara Dobson, nuff said.

Hoy pues, hace su entrada triunfal en esta bitácora (como dice mi compañero Edu, que es un pedantorro y un relamido) el exploitation, ese subgénero que se suele atribuir a negratas de cuerpos esculturales como el macizorro Shaft o la neumática Cleopatra Jones (¡ay, Tamara Dobson de mis amores, tu afro sólo es superado en magnificencia por tus acampanados pantalones!) pero que extiende sus tentáculos hacia casi cualquier temática imaginable, siempre que se le pueda sacar chicha: desde el blaxploitation antes citado, pasando por el electrizante bruceploitation y acabando en el bizarro nunsploitation (¿el hábito de monja pone? El hábito de monja pone).

Cuando se habla de exploitation se suele hacer para referirse a películas, pero aunque su origen está directamente enraizado en la literatura Pulp, a mi parecer es en el cine donde más brilla (por el sudor, el aceite de motor y la sangruza). No quiero resultar cansino liándome a explicar en profundidad que es cine exploitation: baste con que es cualquier peli hecha con dos duros que busca el impacto, la hipérbole como digo siempre, apoyándose en temas moralmente transgresores o censurables como la sexualidad, las drogas o la violencia. En mi opinión, cabe añadir que son pelis que se aprovechan (explotan) el éxito de otras de mayor calidad. Por ejemplo, la saga de Harry el Sucio es exploitation en cuanto a su temática, pero tiene una factura mucho más fina (bueno, la tercera es un poco así) que otras cintas de "polis chungos" que siguieron su estela. Estas se podría decir que son exploitation por partida doble, pues tratan temas exploitation y se suben al carro de otra peli. Pero como digo, esta es mi teoría. Para resumir, y pecando de simplista: si hay tiros y tetas y se ve el cartón piedra de los decorados, es exploitation. (Si a alguien le interesa profundizar, los artículos relacionados en Wikipedia están muy chulos)

"¡Foy un fombi!"
Todo esto viene a cuento de la película que quiero tratar: Nueva York bajo el Terror de los Zombies AKA Zombi 2 AKA Zombie Flesh Eaters AKA La del tiburón. El baile de títulos (exceptuando el último, que es coña, claro) no es algo dado por la arbitrariedad que tienen los países al renombrar las películas, sino por la ley de copyright italiana de la época (imagino que ya no estará vigente) que permitía que una obra pudiese ser distribuida como secuela de una anterior aunque los responsables (ni los derechos) de la primera no estuvieran implicados en su producción. Así pues, en 1979 se estrenó en Italia bajo el título de Zombi 2, subiéndose al carro de Dawn of the Dead, comercializada allí como Zombi a secas. La verdad es que de secuela de la obra de Romero tiene sólo el título, porque ni comparte los personajes ni toma como punto de partida la epopeya del centro comercial del maestro de los zombis. Zombi 2 (me referiré así a la peli por que es su título original, y para abreviar el larguísimo y terriblemente engañoso título castellano) arranca, si, en Nueva York, pero tras un planteamiento de unos veinte minutos nos vamos con los protas a una isla tropical donde transcurre toda la acción. ¿O acaso os creíais que una producción italiana de Serie B tenía presupuesto para rodar hora y media en la gran manzana, inocentes? Eso si, el trailer original arranca con una panorámica de Liberty Island y cierra con una horda de zombis recorriendo el Puente de Brooklyn (ojo al detalle de que se aprecia tráfico normal, pues no les dieron permiso para cerrar todo el puente, sólo para rodar algunos planos de pellejudos deambulando por la pasarela superior). Si bien es verdad que casi todo el trailer muestra escenas de la isla, puede dar le impresión de que la película tiene como escenario Nueva York. ¿Reclamo engañoso? Desde luego, pero a mi me parece un punto más a favor de esta delicia que se ha ganado a pulso la etiqueta de "película de culto", cuyo responsable no es otro que Lucio Fulci, que hizo aquí su primera incursión en el cine de terror cutre y plantó la bandera en todo lo alto, demostrando un gusto exquisito para mostrar con una crudeza casi documental (algo que no hacía Romero) escenas extremadamente gore y refinadamente crueles que le valieron el calificativo de video nasty en el Reino Unido, algo así como el "oig, que cosa más horrenda" de los guardianes de la moral. Viniendo del campo del suspense, Fulci es capaz de crear tensión con cuatro actores, quince o veinte extras maquillados malamente y unos pocos escenarios, aunque el punto álgido de la cinta es la desopilante (palabra que me dijo una argentina y que no se muy bien lo que significa pero pienso usar siempre que pueda) lucha subacuática del zombi contra el tiburón. Seguid el enlace para disfrutar de uno de los momentos más gloriosamente bizarros de la historia del cine.

Zombi 2 tiene todo lo que se le puede pedir a una película explotation y es de obligado visionado para todos los que disfrutamos con esto.

Zombi 2 es, en definitiva, la mejor película de mierda jamás rodada.
"Come at me, bro"

Jae Tanaka.



miércoles, 18 de noviembre de 2015

Delbaeth Rising, Camino de Odio. El Crowdfunding.

Portada casi definitiva de Delbaeth Rising, obra de Darya Kuznetsova 

Ciento doce años luchando en los Pozos. Más de diez mil de combates a muerte en su haber. Un cuerpo lleno de cicatrices y una mente que no se encuentra en mucho mejor estado. Por fuera, un elfo. Por dentro, un loco sediento de sangre. Este es Delbaeth el Cortador, la última esperanza del antiguo consejero real para salvar el trono.



Seamos francos; si os consideráis aficionados a esa maravillosa combinación entre la fantasía clásica y la espada y brujería que han bautizado como Grimdark, y al leer el texto que hay sobre éstas líneas no os habéis emocionado hasta el punto parecer un chimpancé del zoo cuando le tiran cacahuetes, o incluso de desear vender incluso a vuestras madres por leer esa historia, entonces o ya estáis muertos, o formalmente quedáis expulsados del blog… ¡¡¡fuera, fuera!!! 

Bien, una vez que hemos puesto orden en la sala, toca hablar de uno de esos proyectos que, en esta España donde ser escritor es una condena casi segura a la muerte por inanición (si hablamos de fantasía la condena es segura, segura), tocan la fibra sensible del lector.

Veamos, pongo por delante que a pesar de tener ya una edad provecta, y llevar pululando por Internet desde que los hogares españoles comenzaron a conectarse a la Red de Redes con aquellos módems que hacía un ruido espantoso y que te dejaban el teléfono comunicando, debo reconocer que tampoco me he prodigado de manera excesiva por estos lares. Es cierto que, hace ya un mundo, participé en listas de correo y foros dedicados a la fantasía, y que tuve un par de blogs que pasaron con más pena que gloria, y que veían las actualizaciones como el desierto la lluvia. Eso por no hablar de mi casi inexistente actividad en las Redes Sociales, mar de aguas procelosas donde muchos autores de género españoles se mueven como auténticos tiburones (en comparación soy un triste bañista que apenas se atreve a meter el dedo gordo del pie en la orilla para ver si el agua está fría), y en el que, visto lo visto, hay que saber manejarse para llegar al público.

En fin, el caso es que de un tiempo a esta parte he ido metiendo cada vez más la cabeza en las redes sociales, descubriendo todo un universo casi infinito de posibilidades. Y seamos sinceros, la cantidad de basura que se puede encontrar es, sencillamente, abrumadora. Pero en ocasiones se hace un descubrimiento como el de Howard Carter, una tumba de un faraón sin saquear. Ahora, tras una más de mis largas introducciones, es cuando paso a hablar de los padres de mi descubrimiento, Delbaeth Rising

Victor Blanco y Gonzalo Zalaya; Gonzalo Zalaya y Victor Blanco… Tanto monta, son dos treintañeros que, tras años de perder el tiempo miserablemente jugando al rol y leyendo libros de fantasía, se les secó el cerebro. O al menos eso diría un abuelo cabreado. Pero no, estos dos ya catalanes universales, jugadores de rol y amantes de la fantasía, aficionados a darle a la tecla; decidieron un día juntar sus cabecitas pensantes para dar vida literaria a un personaje nacido en sus partidas. Un elfo que, tras más de cien años de cautiverio, peleando por su vida en las arenas de lucha (vamos, una bestia parda), se convierte en la última esperanza de un reino. Un personaje que, como bien indica el subtítulo de la novela, ha seguido un camino de odio y que, tal y como han dejado caer sus autores en varias de sus múltiples apariciones en el último mes largo, puede encontrar un camino de redención. ¿Se nota que me apasiona el Grimdark? ¿No? Para que os quede claro os podéis volver a leer la entrada que dedicamos a uno de los mejores representantes del Grimdark, Joe Abercrombie. No me extenderé mucho más en todos estos temas. Mejor os dejo que los autores se expliquen ellos solitos, que lo hacen a las mil maravillas. 



Pues bien, hechas las presentaciones, aquí los señores, dos tipos con los que tengo muchísimas lecturas y referencias comunes, y cuyo trato vía redes sociales es sencillamente fantástico, se dispusieron a sacar adelante este proyecto literario; y para ello recurrieron a una campaña de crowdfunding que, afortunadamente, ha sido un éxito. El objetivo inicial de financiación, en la cual hemos participado de forma entusiasta, se logró; por lo que en breve podremos disfrutar de su lectura (la reseña es, en este caso, obligada). Y a falta de cinco días para finalizar el plazo oficial, están luchando por lograr la cantidad necesaria para hacer que la historia de Delbaeth crezca. Como no podía ser de otra manera desde The OCCULT Herald os animamos a descubrir el proyecto, a participar en su financiación. En esta España donde la mayor pare de los escritores de género somos unos muertos de hambre, con una casi inexistente clase media que, a pesar de haber visto su nombre en la cubierta de algún libro publicado por una editorial grande, no puede ni soñar con vivir de esto, y con un panorama editorial con un futuro poco alentador (tres lustros trabajando en el mundo del libro me han dado un cierto olfato para predecir los desastres, y para el género fantástico me huelo malas noticias), nuestra participación es más necesaria que nunca. En España tenemos escritores fantásticos que, y no es una pose, le dan sopas con ondas a mucho de los cantamañanas que idolatramos como si hubieran inventado la gaseosa (no digo nombres, que seguro que algún troll me cruje, y ya tuvimos ayer nuestra ración de polémica). 



Descargad el primer capítulo de Delbaeth Rising, leedlo y alucinad. Si después de eso no queréis echar un cable, no deseáis leer lo que sigue, es que el espíritu literario de Belén Esteban ha poseído vuestras mentes.

Eduardo Martínez.

martes, 17 de noviembre de 2015

Lovecraft y la polémica de los World Fantasy Awards

Hoy tenía previsto dedicar la primera entrada semanal del blog a descubrir, para los que todavía no la conozcan, la campaña de financiación que han llevado a cabo en Verkami, de forma exitosa, Gonzalo Zalaya y Victor Blanco, para ver publicada su novela de fantasía grimdark Delbaeth Rising. Una campaña que desde The OCCUTL Herald hemos apoyado dentro de nuestras limitadas posibilidades, compartiéndola en las redes sociales y, tal y como debe ser en estos casos, poniendo nuestro pequeño grano de arena económico ejerciendo de mecenas. Lo menos que se puede hacer por un proyecto que destila un buen rollo y una calidad alucinantes. Salvo sorpresa de última hora mañana le dedicaré una breve entrada extraordinaria al tema para hablaros un poco más del asunto.

Pero la actualidad manda. Así que disculpen ustedes si me pongo un poco más serio de lo habitual. Resulta que este servidor de ustedes, mientras ayer perdía un poco el tiempo en Twitter, en lugar de estar escribiendo Espadas en la oscuridad, descubrí la siguiente noticia en el magnífico blog El caballero del árbol sonriente (y cuando digo magnífico quiero decir MAGNÍFICO): 

<<El World Fantasy Award dice adiós al busto de Lovecraft>>

Pase que Lovecraft no era un Adonis,
pero es que el busto tiene delito.
Para el que no lo sepa, el World Fantasy Award es, junto con los premios Hugo y los Nébula, uno de los premios internacionales más prestigiosos que un autor de ciencia ficción o fantasía puede recibir. Desde su primera convocatoria, en 1975, a los galardonados se les entregaba como distinción un busto que se modelaba en recuerdo de Howard Philips Lovecraft. Un busto que desde mi perspectiva es feo de cojones, pero como aquí las cuestiones estéticas pasan a segundo plano, la clave es lo simbólico del asunto. Un homenaje a un autor que, desde las páginas de las publicaciones pulp que defendemos semana tras semana en esta bitácora, creó una obra literaria inmortal que, hasta día de hoy, nadie se había atrevido a discutir.

Resulta que allá por 2011 la autora Nnedi Okorafor, ganadora en la categoría de Mejor Novela por su obra Who Fears the Death, dijo públicamente que no le hacía ni la más mínima gracia que su premio viniera acompañado de la imagen de un escritor que, según ella y una corriente de escritores anglosajones, era un racista. Quizás por eso de que por mucho que nos rasguemos las vestiduras, aquí, en España, no tenemos ni la más remota idea de lo que suponen las cuestiones raciales, no podamos llegar a comprender de verdad lo que puede sentir un autor negro. Quizás. El caso es que la presión que se ha ejercido desde entonces, con el apoyo manifiesto de gente de la talla de China Mieville, ha logrado que la organización del premio, poniendo siempre por delante que no discuten la genialidad de Lovecraft, haya decidido que ese busto se retira, y que a partir de hoy se entregará un nuevo trofeo que resulte más simbólico y respetuoso y tal…

Como bien les decía antes, como español medio en verdad no he vivido conflictos raciales, ni he conocido de primera mano la lucha por los derechos civiles. Es cierto. Pero este tipo de decisiones me producen un pánico espantoso. Es la llegada de la dictadura, de la tiranía de lo políticamente correcto. Una bajada de pantalones tan espantosa que da mucho que pensar. Sé que Nnedi Okorafor jamás leerá estas líneas, y mucho menos llegara la presente reflexión a la organización de los premios, pero la decisión es tan ridícula y tan peligrosa que no podemos estar callados. 

Habría que recordarles que la magia de la literatura es que cuando el lector abre un libro desconoce el aspecto del escritor. Nadie sabe si su piel es blanca, negra o amarilla. Y bien poco que le importa. La literatura trasciende las barreras sociales. Sin ir muy lejos Frank Yerby, uno de los grandes best-sellers de los años 50, 60 y 70, era negro. Y me juego un litro de aceite virgen extra del bueno de verdad a que ni un ochenta por ciento de sus lectores ni lo supo jamás, ni puñetera falta que les hizo. Habría que recordarlos que la literatura, como todas las manifestaciones culturales y artísticas, son producto de un momento específico de la historia, y que juzgar el pasado con los ojos del presente es una locura. Porque, cuando se toma esta decisión, ¿cuál es la siguiente? 

Ya saben señores, libro que ofende, a la hoguera.
¿Nos suena de algo?.
La siguiente la reflejar magníficamente Javier Negrete en un cuento titulado “Los guardianes del tiempo”, presente en la antología Mañana Todavía. Un relato que además de ser lo mejor de la antología, y de largo, debería de ser de lectura obligatoria. Lo siguiente es prohibir la lectura de aquellas obras que los profetas de lo políticamente correcto opinan que son contrarios a la moral. Lo siguiente será manipular dichas obras para que su lenguaje no nos ofenda, no nos corrompa. Lo siguiente es una Inquisición tan terrible como la que enviaba herejes a la hoguera. Los nazis quemaban libros en la hoguera, estos nuevos inquisidores los queman en el olvido, marcando lo que es correcto y lo que no. ¿Tolkien? Un fascista y un racista de tomo y lomo. Los malos son morenos, negros, y los buenos elfos de dorados cabellos. El Señor de los Anillos prohibido. ¿Robert E. Howard? Otro fascista violento, y además machista. Los relatos de Conan, Kull, Solomon Kane, etc. prohibidos. Y así podemos continuar hasta Homero y su Iliada y Odisea

En fin, que quieren que les diga, este tipo de decisiones me alteran la sangre por lo profundamente estúpidas que resultan y, sobre todo, por lo que son una amenaza al mismo corazón del arte en general, y de la literatura en particular. La libertad.


Por la parte que me toca, mientras esa Inquisición moderna no llegue hasta nuestro pequeño rincón de la Red de Redes, seguiré hablando de libros que me apasionan, que me molan más que comer con las manos, sin importar si lo ha escrito un negro o un blanco, un heterosexual o un homosexual. La verdad es que me la trae al pairo. Al abrir un libro quiero sentir cosas, divertirme, reir, llorar, estremecerme con el miedo o la llamada de la aventura. La política en los periódicos y la televisión. Aquí hemos venido a divertirnos, así que no nos vengáis a joder el invento.

Eduardo Martínez.

jueves, 12 de noviembre de 2015

Pilgrís ¿Quién dijo poderes?

Los autores de este blog estamos ya en la edad en que eso tan guay de reproducirse empieza a tener consecuencias nefastas en forma de churumbeles (sobrinos en mi caso), que son unas cosas que empiezan oliendo ácido y luego ya van creciendo y se convierten en una fuente inagotable de problemas. Uno de los más gordos viene en forma de la siguiente pregunta: ¿Cómo consigo yo que el primate este no se convierta en un encefaloplano que sólo juega al CoD y a FIFA y lee trilogías de todo a cien (en el optimista supuesto de que asuma que un libro sirve para algo más que para calzar mesas)?
¿Quieres sentir la cultura en tor pesho?
¿Quieres sentirla?

Si lo que buscas es no tener un Chucky de Cieza en la familia, tienes que empezar a moldearle desde pequeño, que si no luego no hay quien haga carrera de ellos y tienes que desheredarles o algo peor. Una buena manera de evitar esto es meterles en vena contenidos que le alejen de esas innata tendencia del ser humano a ser un trozo de carne con menos proyección intelectual que un embudo.

Hablando ya en un tono más serio, y desde la cómoda posición de no ser padre, vamos, la de no tener una responsabilidad directa sobre algo tan complicado como es la educación de un nuevo ser humano, creo que es imprescindible que los críos no sólo tengan acceso a "productos" culturales, sino que estos sean de calidad. A mi no me vale con que el chaval lea, creo que es necesario que lo que lea, sea bueno. Buenas pueden ser mil cosas, yo no voy de elitista por la vida, pero es evidentemente que hay productos muy populares que son la mierda. Además, últimamente se están "encalando" tanto los productos infantiles para que sean tan blancos, que pronto Peppa Pig va a ser para mayores de 12. Creo que si las AMPAS (tiene cojones el nombrecito) hubiesen visto a mi madre darme La Isla del Tesoro con 8 o 10 años le hubieran quitado la patria potestad (¿o igual es la matria potestad?) Creo, y repito que lo digo desde la comodidad de no ser responsable de la educación de ninguno de esos bonobos salvajes a los que llamáis hijos, que es primordial que el niño reciba estímulos que pongan en marcha tanto su creatividad como su imaginación. Ya tendrá tiempo de aprender a cocinar o a cantar si de verdad es eso lo que le apasiona, pero creo que poner a un mono de 8 años a hacer crudités de pepino del Nepal es una aberración que puede desembocar en un adulto aborrecible. Lo que tiene que hacer a esa edad es revolcarse por el barro, empezar a descubrir que el pito sirve para algo más que para mear y pensar en dragones. Lo que más mola de ser niño es ser un niño, joder, que luego creces y te ves haciendo un trabajo aburridísimo y escribiendo mierdas en un blog.
Ilustración de Diego Blanco

Pero yo he venido aquí a hablar de mi libro, o de un libro, por lo menos, y no a soltar soflamas. Ese libro es Pilgrís, ¿Quién dijo poderes?, escrito por Cristina García (Sico) e ilustrado por Diego Blanco. Es un librito de casi 100 páginas recomendado para mayores de 8 años, aunque yo creo que un crío más pequeño lo puede disfrutar igual, autoeditado bajo el sello Del Pulgar Ediciones de Diente de Perro. No estoy muy enterado del mundo de la autoedición, pero la presentación de este Pilgrís está a la altura de cualquier "libro de verdad", aunque no entiendo porqué no aparecen los nombres de los autores ni en la portada ni en el lomo. Mal. Pero como digo es un libro bonito, de esos que ojeas cuando estás curioseando sin una idea fija por la librería. Tres puntos, colega. Vamos al cuento en sí. Desde mi punto de vista, hace todo bien, porque no hace nada de lo que hacen los productos mainstream para críos. El prota, Pilgrís, es un chaval que, así en modo random, desarrolla poderes. Pero en vez de ser el más guay de la clase, el más estiloso, el que tiene un vlog con mogollón de visitas cual mozalbete de serie de Disney, es un pringao. No: un PRINGAO. Su vida apesta bastante, porque se acaba de mudar, su madre está para ingresarla en el frenopático y convive con un ¿gato? cuyo único objetivo en la vida es hacérsela lo más desagradable posible. Con este punto de partido, y siguiéndole en su primer día de cole, le pasan cosas contadas con un estilo ágil, desenfadado y un poco caótico a veces, pero con muchísima personalidad. La autora hace el uso de las palabras en mayúsculas como quién grita en Twitter, para que al lector no se le pase por alto lo que está diciendo, y habla a veces "desde fuera" al pobre Pilgrís, la mayoría de las veces para recordarle que es un PRINGAO, un RARITO, como repite muchas veces con un evidente sarcasmo. El arte de Diego Blanco le va como un guante, con su tratamiento feísta de los personajes, las perspectivas deformadas y una paleta apagada que poco tiene que ver con los habituales colores chillones de la ilustración infantil. Vale que es una novela para niños de 8 años y yo tengo 40, pero aún así me ha resultado imposible no identificarme con este chaval tan RARITO que por muchos poderes que tenga no deja de ser el "margi" de la clase. Y es que en definitiva, creo que todos los que estamos en esto de las historias de fantasía hemos sido los PRINGAOS de la clase, y los RARITOS, y seguimos siéndolo, y a mucha honra oiga, que por mucho que ahora se haya puesto de moda, los que de verdad vivimos esto (que en definitiva es un modo de vida) no dejamos de ser los PRINGAOS, y cuando al homo standard se le pase la tontería de Juego de Tronos y los Vengadores, podremos volver a nuestros cómodas y oscuras madrigueras de RARITO, a seguir haciendo nuestras cosas sin que nos toquen los cojones desde fuera.

El logo de Pilgrís es para tatuárselo de bonito.
Jae Tanaka.

martes, 10 de noviembre de 2015

La maldición de la Diosa Araña; de Miguel Ángel Naharro.


Hace un par de semanas os hacíamos llegar nuestra primera reseña literaria, marca de la casa. La verdad es que en un blog dedicado a la literatura Pulp y a la cultura pop, a estas alturas de película, ya venía tocando añadir más muescas en nuestro revolver de reseñadores. Y puesto que el Pulp es nuestra bandera, y en España DLorean Ediciones es un referente ineludible cuando se trata de neo-Pulp, volvemos a la carga con una nueva reseña dedicada a un libro editado por estos chicos de Salamanca.

Antes de comenzar, permitan que me ponga las zapatillas de felpa y, sentado en el sillón más cómodo de la casa, con las piernas tapadas con una manta de cuadros, me ponga en modo “batallitas del abuelo”. Más tarde comprenderán la razón de tan extraño comportamiento, palabra.

Allá por los años finales de la década de los noventa, este servidor de ustedes era un universitario feliz que se dedicaba a ver pasar la vida en la facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de Madrid. De saber lo que me depararía el futuro, lo mismo me habría esforzado más en convertirme en el primero de mi promoción, o me habría dedicado a desarrollar mi carrera literaria desde tan tierna edad, con la esperanza de convertirme en el nuevo George RR Martin. Aunque lo cierto es que, conociéndome como me conozco, de saber lo que se venía encima, del futuro tan negro que tienen los primeros de la promoción de cualquier carrera de humanidades, y el hambre que pasamos los escritores; lo más probable es que me hubiera agarrado una melopea escandalosa para, acto seguido, afiliarme a un partido político para trincar todo lo posible y que después salga el sol por Antequera.

Os voy a contar una batallita del abuelo...
(Con todo nuestro respeto al soldado veterano
de la Iª Guerra Mundial, Jospeh Ambrose) 
En fin, volviendo, decía, a aquellos inocentes años noventa, el aquí abajo firmante cursaba tercero o cuarto de la licenciatura de historia. Aquel año, en una de esas asignaturas optativas del itinerario de historia antigua que te colocaban a las tres y media de la tarde (las Biomanán las llamábamos, por eso de que para ir no podías comer, y aunque te jodían el café y la siesta, al menos no engordabas), a las que, todo sea dicho de paso, no acostumbraba a acudir; nos cayó en suerte uno de esos profesores que dan brillo al expediente. Se trataba de la asignatura Historia Antigua del Próximo Oriente, impartida por don Federico Lara Peinado. Todo un pope de la materia. El caso es que en una de aquellas tardes, que en el recuerdo son siempre doradas, en una clase en que la asistencia era exclusivamente masculina (cosa rarísima en una facultad donde tocábamos a cinco señoritas para cada mastuerzo), don Federico nos dio una de esas clases magistrales que jamás se olvidan: “De la importancia de llamarse Indiana Jones”.

Resumiendo muy mucho nos vino a decir que, cuando fuéramos por los bares de copas de Moncloa, a la caza y captura de una despistada que en un arrebato de locura transitoria nos pudiera encontrar atractivos, jamás, lo que se dice jamás, deberíamos decir que éramos estudiantes de historia, futuros historiadores. Un historiador, en la cabeza de cualquier persona fuera del gremio, es un tipo raro, con gafas de culo de botella, con el mismo atractivo que una botella vacía de gaseosa. De las de plástico, y de marca blanca de un supermercado. La polla con cebolla, oigan. La palabra historiador estaba prohibida. Caca. 

A todos los efectos éramos futuros arqueólogos. Esa era la clave: Arqueólogos. Y daba igual que el trabajo de un arqueólogo, el de verdad, es un puto coñazo espantoso. Gracias a esos genios llamados George Lucas y Steven Spielberg, eterna sea su gloria, al escuchar la palabra arqueólogo la imagen que le viene a la gente a la cabeza es la de un tipo atractivo de sonrisa socarrona, con un sombrero Fedora y un látigo, que vive aventuras extraordinarias en lugares exóticos. Indiana Jones…que poquito imaginaba el señor Lara Peinado que yo había llegado a esa facultad porque, siendo un niño pequeño, vi la película Indiana Jones en busca del Arca Perdida, y desde aquel preciso instante me hice la firme promesa de que lo único que quería ser en la vida era arqueólogo. Pero esa es otra historia.

El caso es que Indiana Jones, probablemente el mejor homenaje cinematográfico jamás realizado a la literatura Pulp, desde su primera aparición en la gran pantalla en 1981, se ha convertido en uno de los referentes ineludibles para cualquier amante del subgénero más aventurero del Pulp. Por esa razón, nada más abrir la primera página de La maldición de la Diosa Araña, de Miguel Ángel Naharro, esperaba encontrar una enésima repetición del Henry Jones Junior. Y, para alegría mía como lector, estaba equivocado.

Aviso parea navegantes, de aquí en adelante hay algún pequeño spoiler. Tan mínimo como necesario para hablar de La maldición de la Diosa Araña.

Haré las presentaciones:
Aquí el señor Naharro, aquí unos lectores...
El barcelonés Miguel Ángel Naharro, otro exponente más de que los de la quinta del 75 estamos un poco “pallá”, es un auténtico todo-terreno de la literatura. Confesándose escritor desde siempre, desde el año 2003, en que comienza su labor de editor de la página Action Tales (influencia que se nota, y mucho, en la novela que tratamos hoy), ha visto publicada una larga lista de artículos y relatos. Sería en 2012 cuando la editorial charra DLorean Ediciones, dentro de su Colección Savage le publica su primera novela, La maldición de la Diosa Araña.

La sinopsis del libro se nos habla del arqueólogo Jonathan Baker, apodado La Garra. Y claro, la figura de Indiana Jones pesa tanto que lo que menos se imagina el lector es que va a descubrir una historia que tiene mucho más que ver con el cómic de superhéroes de la Edad Dorada de los 30 y los 40, que con una aventura clásica de la factoría Lucas. Y es que Baker es un arqueólogo y un aventurero clásico, si. Pero además está dotado de unos poderes extraordinarios gracias a la garra que sustituye su mano derecha, y que perteneció a un dios primigenio, Siruuk, del que Baker se ha convertido en un avatar. En esta primera novela, en la que el héroe se debe enfrentar a su verdadero antagonista, la malvada Diosa Araña del título, y que no es otra cosa que una más que interesante presentación del universo narrativo de La Garra, descubrimos el elenco de secundarios que acompañarán al héroe en las sucesivas entregas, y sus bases argumentales. 

He leído en algún lugar, creo que en Goodreads, que la novela está más cercana al Camp que al Pulp. Y no puedo estar más en desacuerdo. Si bien estamos ante una novela ligera, sencilla, sin mayor pretensión que la sana diversión, su argumento dista mucho del absurdo que marca el estilo camp. La maldición de la Diosa Araña es un sentido homenaje a las novelas Pulp de un autor que conoce perfectamente el género. Nada hay en ella de la oscuridad narrativa de nuestros tiempos, y leerla es como viajar a la niñez y volver a ver una de esas películas de aventuras de los 40, o leer una novela de las de bolsillo que nuestros abuelos llevaban en el abrigo. Jugando con la sencillez, con los lugares comunes del género (escenarios exóticos, héroes nobles y de valores inquebrantables, femmes fatales, tribus de honorables guerreros africanos y, si, claro que si, villanos nazis, que diablos), y aderezando el cóctel con elementos surgidos del mundo del cómic de superhéroes; se logra una novela que, en espíritu, se aproxima al mundo de El Hombre Enmascarado/The Phantom

De forma que no hay que aproximarse a La maldición de la Diosa Araña con el espíritu crítico de un lector de principios del siglo XXI. Esto sería un error imperdonable. Hay que entrar en el juego que nos propone y despertar el Sentido de la Maravilla de otras épocas más inocentes. Si se acepta esta regla básica, esta premisa, la lectura de sus poco más de doscientas páginas vuela. Y, lo que es mejor, te prepara para la lectura de la segunda entrega que, hasta donde llevo leído (reseña haremos, sin duda), es muy superior en todos los aspectos a la introducción.

Llegados a este punto es cuando, como escritor, me hago las siguientes preguntas: ¿Sería capaz de escribir una novela así?, ¿me gustaría hacerlo?, ¿lo haría mejor? Ciertamente, y en esto tengo que ser sincero, para escribir una novela así hay que tener un conocimiento de la tradición literaria Pulp que no tengo. Naharro demuestra que ha mamado esta literatura, y combina con una habilidad envidiable los elementos básicos del género. Y sí, claro que me gustaría escribir una novela de este estilo. Por eso junto con Jae Tanaka he escrito OCCULT vs. el Reich Secreto. Lo que tengo muy claro es que, por mis influencias literarias, no sería capaz de lograr un tono tan ligero y desenfadado ni por accidente. Y eso es algo que envidio. De manera que no, no sería capaz de escribir esta novela. Con los mismos mimbres mi forma de escribir sería muy distinta. ¿Mejor? No lo creo, puesto que eso es como los colores, a gusto del consumidor. Y puestos a poner algún pero a la novela, el cual me ha impedido ponerle un notable y dejarla en un aprobado alto, es que debería recibir una nueva revisión de pequeños aspectos de estilo. Por ejemplo, en narrativa no se deben emplear las frases entre paréntesis, ya que hay recursos sobrados para hacerlas innecesarias. 

Sea como fuere, no puedo dejar de recomendarla. Por apenas 2,42 € en formato electrónico, y 11,95 € en papel es un auténtico chollo. No encontraréis una diversión a mejor precio ni por casualidad. Y para los que sois bibliófilos empedernidos decir que, si bien el diseño, que no la ilustración, de la portada es mejorable (en esto entramos de nuevo en lo de los gustos, los colores y tal, pero he sido librero muchos años y se de la importancia vital del diseño de cubierta; y además desde que trabajo con Jae Tanaka, que es ilustrador y diseñador, ni os cuento lo puntilloso que me he vuelto al respecto), las ilustraciones interiores, también obra de Nestor Allende, no sólo son una auténtica delicia, sino que le dan al libro un sabor añejo extraordinario.

En fin, resumiendo: si os gusta la literatura de evasión, y os apetece volver a sentir como niños maravillados, estáis tardando en echarle el diente a La maldición de la Diosa Araña.


Eduardo Martínez.



jueves, 5 de noviembre de 2015

NaNoWriMo 2015: Here comes a new challenger!!!



En la anterior entrada, Eduardo ya explicó lo que es esto del NaNoWriMo (Nianoniano para los amigos), así que no voy repetirme.

Como tirarse a la piscina es gratis, yo también me he lanzado como un elegante delfín a bomba a las ignotas aguas de escribir una novela de 50000 palabras en un mes y, en mi caso, sin tener ni idea de escribir de verdad, y sin tener tampoco una idea completamente construida de lo que quiero contar. Así que he empezado a correr con los ojos cerrados, lanzando alaridos y dándome cabezazos contra las paredes, que es como suelo hacer las cosas y a ver qué sale.


De momento, lo que me está saliendo es un western sobrenatural. O algo así.

Me encanta el Western. Desde pequeño, tal vez porque era lo que tocaba el 99% de los domingos después de comer, he sido un fan incondicional de las películas del Oeste. De todas. Yo no soy de esos críticos a los que se les llena la boca diciendo Sam Peckinpah (Sam Peckinpah... Saaaam Peck-immm-ppah) y ponen a caer de un burro esas pelis de vaqueros en las que al jefe Cochise se le ve el reloj de pulsera. No señor. A mi, si sale una diligencia, un sheriff con chaleco y estrellita, unos indios pegando tiros desde una loma y un par de planos generales de Monument Valley, me gusta, punto. Me pasa lo mismo con los zombis (recordadme que haga una entrada sobre Zombie 2 de Lucio Fulci, que se merece un monográfico). Así que, como he dicho, he tirado para el Far West con un equipaje que incluye satanismo, posesiones, instituciones religiosas secretas, ninjas, pistoleros misteriosos y tías sexys y lo he mezclado todo (agitado, no removido, nada de exquisiteces) bajo el rimbombante título de High Nun: Terror en Hope Acres. Como veis, ya en el encabezamiento intento hacer mi homenaje al cine de vaqueros con ese juego de palabras entre "noon" y "nun", y con dos cojones pongo mi novela a la altura (fonética al menos) de esa obra maestra que es Sólo ante el Peligro (High Noon en inglés. Si no lo sabíais, fuera de mi blog)


Yo soy mucho de irme por las ramas cuando cuento algo, así que he tenido que hacer un ejercicio de concreción e ir al grano (igual me encuentro con que he concretado demasiado y con 25000 palabras ya lo he contado todo y me da un ictus), saltándome una introducción más elaborada de lo que me gustaría y empezando con una escena de acción interrumpida por un flashback que presenta a la protagonista: la Hermana María (de ahí el "nun" del título), una mestiza japonesa experta en artes ninja poseedora de una reliquia que la convierte en una cazadora de demonios implacable, que es enviada a la pequeña comunidad de Hope Acres, cercana a Tombstone (la acción transcurre meses después del famoso tiroteo en OK Corral) para investigar una posesión demoníaca. Desde este punto de partida, mi propósito es buscar la hipérbole, el desenfreno de la más descarada exploitation (nunsploitation) en cada capítulo. Sólo tengo 50000 palabras, así que no me puedo permitir andarme con delicadezas: la novela va de una monja ninja que mata demonios, periodo.

Mi intención es hacer una amalgama setentera con ingredientes de spaghetti western y de la maravillosa Demons de Bava, con un buen aderezo de concesiones al manga guarro de Terasawa, Monkey Punch o Toshio Maeda (si, va a haber tentáculos viscosos metiéndose en sitios). De este genero de manga, que se revuelva como un gorrino en un lodazal en el sexploitation más desvergonzado, ya hablaré más adelante, que también da para monográfico.

De momento la cosa avanza, aunque anoche estuve de secano y apenas pude retocar un par de cosas que no me convencían de lo que ya tenía escrito. Creo que me está yendo bien principalmente porque no me tomo en serio como escritor (ni como nada, excepto como diletante, campo en el que soy un verdadero profesional) y no me está dando la más mínima vergüenza ponerme a revisar y encontrarme frases dignas de enmarcar, de lo puro malas, ni personajes, sobre todo la protagonista, que se pasan de lo arquetípico y llegan al cartón piedra. Estoy buscándome tan solo divertirme, porque creo que es la única manera que tengo, con mi poca literatura, de hacer que el lector se divierta también.

Se verá finales de noviembre.

La Hermana María IRL (Fotograma de School of the Holy Beast)
Jae Tanaka.

martes, 3 de noviembre de 2015

NaNoWriMo 2015: Round 1, Fight!!!


NaNoWriMo… Excepto para los que sabemos que significa este batiburrillo lingüístico, para el resto de los mortales o bien pensarán que les estoy escribiendo en alguna lengua muerta, o bien que al comenzar este párrafo me ha dado un tarantatrán y al comenzar a teclear se me ha puesto un pulso de los de robar panderetas. Por eso mismo toca explicar un poco de que todo esto.

NaNoWriMo es el acrónimo inglés para el National Novel Writing Month, lo que viene a traducirse en la lengua de Cervantes como el Mes Nacional de Escritura de Novelas. Como casi todas las cosas que molan, el NaNoWriMo nace en Estados Unidos, allá por el año 2000 (si quieren ampliar datos técnicos, pinchar aquí para leer el artículo de la Wikipedia); y consiste en que cada mes de noviembre todo aquel juntaletras, sea aficionado o profesional, se proponga escribir en esos 30 días una novela con un mínimo de 50.000 palabras. Para los legos en la cuestión esto lo mismo les parecerá una cosa baladí, pero les aseguro que cualquier escritor sabe de la dificultad que tiene. Porque lo de la escritura es una cosa francamente curiosa; la inmensa mayoría de los que nos dedicamos a escribir lo hacemos por pasión. Escribir suele ser para nosotros algo tan necesario como respirar, y disfrutamos enormemente ligando palabras y contando historias. Y, sin embargo, por regla general somos unos auténticos zánganos a los que nos cuesta Dios y ayuda sentarnos a escribir de seguido. Una conversación habitual entre autores profesionales y los que no lo son suele ser la de conseguir generar el hábito de escribir todos los días un número determinado de horas. Y ya, ya sé lo que dirán algunos; que mientras no se puede vivir de la escritura tenemos que compaginar nuestra vida laboral y familiar con el tiempo necesario para escribir. Ahora bien, para irnos de fiesta no nos ponemos tan exquisitos y, si de algo estoy seguro, es que los que escribimos disfrutamos tanto o más escribiendo que saliendo de farra. En fin, vuelvo al tema principal que me disperso.

Como decía, el NaNoWriMo, para concederte el galardón virtual de ganador te exige escribir una media de 1667 palabras al día. Un auténtico reto que se sustenta en una filosofía que puede resumirse en eso de “lo que queremos es cantidad, no calidad”. La clave es escribir, escribir mucho, sin casi pararse a pensar. De acuerdo que hay muchísimos participantes que se preparan la novela con mucha antelación, y que somos muchísimos más los que tenemos una idea difusa y nos tiramos al pozo de cabeza, confiando en las musas, que son muy putas, y en que la historia nos lleve por donde se le ponga en el arco del triunfo. El caso es que, incluso perteneciendo al primer grupo, el de los escritores responsables, lo más probable es que el 75% de lo escrito sea auténtica basura que luego tenga que ser revisado y corregido hasta que no parezca ni una sombra de sí mismo. Pero, qué diablos, lo que importa aquí es darle a la tecla. Para que se hagan ustedes una idea, a día de hoy, 3 de noviembre de 2015, tan sólo en España, hay inscritos 1082 novelistas que llevan ya escritas la friolera de 2.660.598 palabras (un promedio de casi 2459 por cabeza). En dos días de recuento. Una puta barbaridad.

El caso es que llegados a este punto toca poner en marcha el “Franciso Umbral Mode” y hablar de nuestro libro. No, no hablaremos de OCCULT vs. el Reich Secreto (de ese ya os hablaremos un poco más adelante, aunque todo sea dicho de paso, si no lo habéis comprado ya me parece un gesto muy feo por vuestra parte, que en Amazon lo tenéis en digital por menos de un euro…mamones). Hoy hablaremos de nuestra participación en el NaNoWriMo 2015. Porque, siendo los miembros de este blog unos apasionados de la literatura Pulp, ¿de qué manera nos íbamos a resistir a una invitación como ésta? Imposible. Tras hablar largo y tendido de lo que nos fascina la capacidad de los autores de la Edad de Oro del género Pulp de producir historias con unos plazos de entrega criminales, la invitación a una experiencia que puede ponernos en su pellejo, aunque tan sólo sea por un mes, es imposible de rechazar. Así que, sin dudarlo un segundo, tanto Jae Tanaka como yo nos hemos lanzado al pozo.

Nada más decidirme a participar, tuve bien claro que lo mío tenía que tener espadas de por medio. No en vano, en mi caso todo comenzó con la Espada y Brujería. Es de la mano de Robert E. Howard, y sobre todo de las adaptaciones que hizo de sus historias de Conan el guionista Roy Thomas (ya hablaré de esto largo y tendido otro día), por lo que comencé mi viaje por la literatura fantástica. Sin embargo, probablemente por algo meramente accidental, mi principal referencia para participar en el NaNoWriMo 2015 ha sido Fafhrd y el Ratonero Gris, de Fritz Leiber. Como todo aficionado al género Pulp sabrá, Leiber, para crear su legendaria ciudad de Lankhmar, se “limitó” a deformar el Manhattan en el que vivía a mediados de los años 30. Así que, me dije yo, ¿Por qué no hacer tres cuartas partes de lo mismo con el Madrid en el que vivo?

Claro, llegados a este punto me encontré con un serio problema. Pero que muy serio. Madrid, como escenario de literatura, ya tiene una tradición literaria propia más que considerable. Sin ir muy lejos las novelas de Alatriste de Pérez-Reverte se adueñan del Madrid de los Austria; el escenario ideal para una novela de aventuras de la que tenía en mente. Sin embargo, por eso de que no doy más de sí y porque soy muy tenaz, me hice la pregunta de marras. ¿Qué le falta a Las aventuras del Capitán Alatriste, un folletín de Capa y Espada maravilloso, para encajar en el género de la Espada y Brujeria? Exacto…Magia. Así que si a George RR Martin se le consiente que, el muy perro, para no tener que documentarse y escribir una novela histórica haya tomado la Guerra de las Dos Rosas y haya montado todo ese chocho de Canción de Hielo y Fuego, no voy a ser yo menos. Vale, no estoy tan gordo ni soy tan famoso, pero somos del mismo gremio. A joderse.

Por lo que la España imperial de los Austria se ha convertido en el Imperio de Helión. Madrid, la villa y corte es, en mi historia, Antigua. Y en esa oscura ciudad de Antigua, en sus palacios, mentideros, mancebías y covachas; convivirán poderosos aristócratas de los cuatro rincones del imperio, veteranos de los Tercios imperiales, damas de medio manto, barateros y demás gente de la carda. Pero no sólo ellos; también caminarán por sus calles taumaturgos, alquimistas y criaturas infernales. En definitiva, un escenario para una novela de Capa y Espada…y Brujería. Puestos a adueñarnos de un género, no concibo mejor manera que ésta. 

Así que si nada lo remedia, y los numerosos imprevistos no lo impiden (como que el niño se ponga malo y te joda de golpe los tres primeros días de escritura, sin ir más lejos), en menos de un mes la novela Espadas en la noche estará concluida. Y en cuanto sea corregida pasará a formar parte del sello The OCCULT Press, en el que, para comenzar (que ya llegarán nuevos autores), Jae Tanaka y un servidor iremos poniendo a disposición de los lectores a un módico precio el producto de nuestros desvelos literarios. Sin más que añadir, les dejo a ustedes la sinopsis de Espadas en la noche

Aunque los días de gloria del Imperio Helionés han quedado atrás, su nombre y sus invencibles ejércitos todavía son temidos y respetados en el Viejo Mundo. En las sombrías calles de Antigua, a la sombra del Alcázar Imperial, un misterioso vengador, que esconde su rostro tras una máscara de plata, comienza a acabar con la vida de los grandes nobles de la Corte. Atienza, un veterano y astuto capitán de Alguaciles, y Molins, un implacable pesquisidor imperial, deberán unir sus fuerzas para detener al Hombre de la Máscara de Plata, y descubrir quien o quienes se esconden detrás de una conjura que amenaza con sumir el imperio en el caos.

Eduardo Martínez.