martes, 20 de octubre de 2015

Joe Abercrombie: Cuando Howard encontró a Tolkien


En la Wikipedia, en la entrada en castellano dedicada a la Literatura Fantástica, podemos leer lo siguiente: “Las obras El castillo de Otranto, escrita por Horace Walpole en 1764, y El diablo enamorado, escrita por Jacques Cazotte en 1772, están consideradas como las primeras novelas fantásticas”. En fin, que quieren ustedes que les diga y que resuma bien mi opinión al respecto. Probablemente el sonido de una pedorreta seguido de una carcajada resulte lo suficientemente gráfico. Qué diablos, la literatura fantástica nació alrededor de un fuego, cuando alguno de nuestros antepasados olvidados, en las frías noches de la prehistoria, se dedicó a poblar el cielo de criaturas poderosas que regían todos y cada uno de los aspectos de la vida. En palabras de ese genio llamado Terry Pratchett (si no sabéis quien es Pratchett estáis formalmente expulsados de éste blog): 

Bienvenidos a la Cueva de la Tormenta. Nuestra habilidad para construir otros mundos nos hizo humanos. Muchos animales son listos, pero hasta donde nosotros sabemos, nunca se les ocurren ideas sobre quién fabrica el trueno.

A un proto-humano sí que se le ocurrieron, en alguna cueva azotada por la lluvia. Tuvo que haberle llegado como un relámpago. Puede que fuera un relámpago. De repente... dentro de su cabeza había gente en el cielo, y de repente había un lugar donde la gente iba al morir... y de repente había un enorme mundo fantasmal detrás de éste donde los colores eran más brillantes.


Alonso Quijano, leyendo "dragonadas"
El caso es que la Iliada y la Odisea, o la Epopeya de Gilgamesh pueden considerarse como las primeras y más perfectas muestras de literatura fantástica. Y anda, que desde que dichas obras se concibieron, no quedaba nada para que Horace Walpole les diera el coñazo a sus padres. Eso por no seguir avanzando en el tiempo y hablar de aquellas novelas de caballería que el inmortal hidalgo de nombre Alonso Quijano, a quienes sus vecinos llamaban el Bueno, leía con tanta pasión que “…él se enfrascó tanto en su letura, que se le pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer, se le secó el celebro de manera que vino a perder el juicio.”. Porque, ¿Qué otra cosa no eran, sino literatura fantástica, esas novelas protagonizadas por Palmerín de Inglaterra, don Galaor o el Amadís de Gaula?


Aquí el padre de Conan, aquí unos lectores.
Sea como fuere, siguiendo con nuestro viaje en el tiempo, y dejando atrás los arrebatos románticos del XIX, es en las páginas de las publicaciones Pulp de los años 30 del pasado siglo donde podemos encontrar el origen de lo que actualmente llamamos literatura fantástica. En ese periodo dorado del Pulp una larga lista de autores, de entre los que destacan con nombre propio Clark Ashton Smith, Fritz Leiber o Catherin Moore sentaron las bases de del subgénero fantástico que se definiría como Espada y Brujería. Esta forma de concebir la literatura fantástica alcanzó su cima con Robert E. Howard, cuyo personaje Conan de Cimeria se convertiría en uno de los mayores iconos de la literatura del siglo XX y lo que va de XXI. Howard se alza como un coloso de entre la larga nómina de autores, tanto contemporáneos como posteriores, que se escribieron Espada y Brujería. Su forma de narrar, adelantada a su tiempo (nadie diría que los relatos de Conan se escribieron hace casi un siglo), su manera de contraponer la figura del bárbaro a la del hombre civilizado, su asombroso manejo de la violencia, la acción y la tensión dramática, no ha sido superada. Y, por esa misma razón, su sombra tenía todas las trazas de marcar la literatura fantástica que habría de venir tras la suya.



El Señor de la pi...de los Anillos, perdón.
Pero en 1954 la publicación de un libro escrito por un erudito británico, un profesor que ocupó la cátedra Rawlinson y Bosworth en la Universidad de Oxford, enseñando anglosajón, y de nombre John Ronald Reuel Tolkien; vino a configurar el rumbo que tomarían la inmensa mayoría de escritores de género fantástico hasta el día de hoy. El Señor de los Anillos, una de las obras cumbres de la literatura del siglo XX, extendió su sombra sobre todo lo que se escribiría posteriormente, postergando injustamente la obra de Howard y el resto de autores de Espada y Brujería a un segundo plano casi insignificante.


Desde mediados de los años 50 parecía que, con alguna pequeña excepción de una calidad discutible (que sí, que Michael Moorcock está cercano a la Espada y Brujería y su Elric de Melnibone puede molar mucho, pero como escritor es de una mediocridad espantosa), nadie saldría de la senda que había marcado Tolkien. Y si bien de entre el millar de obras de los herederos de Tolkien hay algunas que destacan sobre la media, no dejaban de ser una repetición hasta la nausea del mismo modelo.


Sin embargo en los años 90 del pasado siglo algo vino a cambiar el panorama. Una serie de autores, cuyo nombre más conocido para el gran público es el de George RR Martin, comienza a deformar el modelo de Tolkien, aportando tintes distópicos y violentos, en los que los principios morales, las fronteras entre el bien y el mal que estaban claramente definidas en la fantasía clásica, se desdibujan. 


Llegados a este punto, tras ésta larguísima introducción, llegamos al año 2002, en el que se publica la novela La voz de las espadas, el debut literario de un joven novelista británico cuyo Nick en Twitter lo dice todo, @lordgrimdark. Damas y caballeros, ante todos ustedes, Joe Abercrombie.

Lord Grimdark en persona, con cara de "lo molo todo" (que tiene que molarlo).

Ahora se preguntarán ustedes el porqué de tanta fanfarria para presentar a Abercrombie. Pues bien, es tan sencillo como abrir cualquiera de sus libros (incluso las novelas de fantasía young adult), para encontrarse, como por arte de magia, la voz de Robert E. Howard. A La voz de las espadas le seguirían Antes de que los cuelguen y El último argumento de los reyes; las cuales forman así el ciclo conocido como La Primera Ley. Esta trilogía sirve de puerta de entrada a un mundo en el que, tal y como hemos dicho antes, las fronteras entre el bien y el mal no es que se desdibujen, es que no existen. Abercrombie toma los modelos de Tolkien, y les da la vuelta con un sentido del humor negro, muy negro. Por poner un ejemplo, el émulo del Gandalf de Tolkien, llamado Bayaz, el Primero de los Magos, es en verdad un verdadero hijo de perra ambicioso, sin ninguna clase de escrúpulos. Y así, sin introducir ningún spoiler, hasta donde ustedes puedan imaginar.


"The First Law", por Darya Kutznesova
Y a La Primera Ley le seguirían las novelas independientes La mejor venganza (una historia de venganza protagonizada por una “bellísima persona”, una condottieri de nombre Monzcarro Murcato, que para que se hagan ustedes de su catadura moral es apodada la Carnicera de Caprile, y su cuadrilla de criminales), Los Héroes (una novela que narra exclusivamente los tres días que dura una batalla, y que probablemente sea una de las mejores obras antibelicistas que se hayan escrito en el género fantástico) y Tierras Rojas (una combinación de literatura fantástica y western magistral, en la que la es imposible no encontrar escondida la influencia del maestro Eastwood).


En todas estas novelas, Tolkien es sustituido por el estilo directo y violento de Robert E. Howard. Y no sólo esto. En las novelas de Abercrombie en bárbaro, el salvaje de más allá de las fronteras de la civilización (aquí llamados los norteños de forma genérica), son los auténticos protagonistas. Son los que, en medio de su salvajismo mantienen intactos los valores que la civilización pervierte. Abercrombie enfoca al bárbaro de la misma manera que lo hizo Howard, y a diferencia del texano, cuyos principales personajes eran diferentes imágenes de Conan, le otorga muchas caras y matices distintos. Abercrombie, sin perder por un solo segundo el pulso narrativo, profundiza en el interior más oscuro de los seres humanos, extrayendo sus miserias y exponiéndolas a la luz del día. Sus personajes son, por así decirlo, lo mejor de cada casa (asesinos, ladrones, torturadores, envenenadores, etc.); pero lo hace con una habilidad extraordinaria para que nos identifiquemos con ellos. 


"Best Served Cold", por Darya Kutznesova
Abercrombie es brutal, divertido, salvaje. Sus libros no dejan títere con cabeza, y sin embargo, detrás de una diversión en su estado más salvaje, esconden un mensaje de mucho calado. Un mensaje que probablemente ni tan siquiera su autor es consciente de estar transmitiendo. Joe Abercrombie es, sin lugar a dudas, el primer escritor en décadas que recoge la herencia de Robert E. Howard y la pone en lo más alto. 


Pueda ser que no llegue a ser tan conocido como George RR Martin (El de Juego de Tronos, dirán los imbéciles que no se han leído un puñetero libro suyo), que no tenga tantos lectores como ese “mierdecilla” de Patrick “mil doscientas páginas sin decir nada” Rothfuss (que os puede gustar, pero su literatura es para niños de guardería, no para lectores de Conan), que no tenga tantos “fuegos artificiales” como Brandon “mucho ruido y pocas nueces“ Sanderson (esos personajes más planos que una tabla de planchar, que da gloria verlos); pero les aseguro que en Joe Abercrombie hay auténtica fuerza. Sus novelas definitivamente son distintas, especiales. 


Desde aquí les animamos a descubrirlo si no lo conocían. De ser así recuerden ese nombre: Joe Abercrombie. No lo olvidarán.


Eduardo Martínez.