martes, 27 de octubre de 2015

Águila Roja; Pulp en la pequeña pantalla


Pero si el cartel ya es puro Pulp
Desde que arrancó la andadura de este blog, hace ya más dos semanas (hay que ver que rápido se pasa el tiempo), hemos hecho hincapié una y otra vez en dos aspectos fundamentales. En primer lugar que cuando hablamos de Pulp no nos circunscribimos en exclusiva al campo de la literatura. El Pulp es un fenómeno cultural que nació en la literatura popular de los años 20 y 30 del pasado siglo, y que creó unas formas narrativas que se llevan aplicando con gran éxito desde entonces en todos los campos del entretenimiento. Y, en segundo lugar y por extensión, que mucha de la gente a la que o bien se le llena la boca criticando el Pulp, o que no tiene ni pajolera idea de qué diablos significa eso, son gozosos consumidores habituales de narrativas Pulp. Partiendo de esas premisas, hoy traemos a colación otro ejemplo exitoso de Pulp más allá del papel.

El jueves 19 de febrero de 2009, La 1, el canal principal de la televisión pública española, estrenaba una serie de aventuras de ambientación pseudohistórica que, seis años y ocho temporadas después, puede afirmarse, sin temor a errar, se ha convertido ya en todo un clásico de la pequeña pantalla. Hablamos de Águila Roja. A estas alturas de la película probablemente no haría mucha falta explicar de qué va la serie, que mal que bien todo Dios la conoce, pero no viene mal hacer un pequeño resumen para poder después desbarrar a placer. 

Inma Cuesta/Margarita, la "amada" del héroe que,
en estas historias, no puede faltar
Águila Roja narra las andanzas del maestro de escuela Gonzalo de Montalvo, allá por la segunda mitad del siglo XVII, en una ciudad a la que llaman de continuo la Villa (extraña manía de no decir su nombre que es Madrid), capital de las Españas de Su Majestad Católica Felipe IV; que por las noches se pone su disfraz con capa y todo, agarra una katana, y se dedica a desfacer entuertos dando hostias como panes de leche. A su alrededor pululan toda una serie de secundarios, acompañantes del héroe y villanos, tan arquetípicos, tan planos, que sorprende encontrarlos en una producción de principios del siglo XXI. Los buenos son muy buenos y medio idiotas. No hay más que ver al escudero del héroe, trasunto de Sancho Panza, que sirve de alivio cómico en las tramas cargadas de presunto dramatismo; o a esa bellísima Inma Cuesta en el papel de la amada del héroe, su cuñada Margarita, que resulta casi virginal. Y los malos, que decir de los malos. Que siendo todos ellos copias simplonas de los villanos de los Mosqueteros de Dumas (La marquesa viuda de Santillana/Milady de Winter, el Comisario Hernán Mejias/el Conde de Rochefort y el Cardenal Mendoza/el Cardenal Richelieu) son más malos que un dolor de muelas. 

Una buena ensalada de hostias, cortesía de nuestro héroe.
Y respecto al héroe, el Águila Roja, hay que destacar que, a pesar de que le tiñen con ciertos planteamientos políticamente correctos del siglo XXI, es un modelo de héroe que de puro clásico da gloria verlo. Es noble, esforzado, leal, justo, etc. y, por si esto fuera poco, un padre ejemplar y soso, muy soso. Que siendo viudo (a todo esto, sus andanzas comienzan para descubrir al facineroso que mató a su joven esposa), y teniendo a tiro a su cuñada, una Inma Cuesta que da gloria verla, en los ya 96 episodios emitidos no le ha dicho ni tan siquiera un “ojos negros tienes, morena”. 


En fin, el caso es que Águila Roja, que va camino de sus cien emisiones, y a pesar de que en audiencia ya dejó atrás su momento de esplendor (las tercera y cuarta temporada tuvo audiencias colosales), el caso es que es un formato que está plenamente asentado, y al que le queda algo de recorrido por delante. Esto se debe a que su narración es Pulp cien por cien. Todo en Águila Roja está tratado desde el desenfado, sin ningún tipo de pretensión artística ni ceñirse a rígidas reglas narrativas. Lo vital, es que el espectador, semana tras semana, disfrute de una hora y pico de aventuras y acción en la que, lo más importante, es que todo vale. Que hay que hablar de conspiraciones, templarios, hijos de Jesucristo, fantasmas, lo que sea... pues se habla y punto. Como dicen los americanos, pase lo que pase, the show must go on. Para que se vea el grado de maravillosa incoherencia, por hacer una pequeña broma, propongo que algún valiente revise los 96 episodios ya emitidos y calcule cuantos guardias de la Villa ha matado o lesionado de gravedad aquí nuestro héroe. En serio, que alguien lo haga, porque la cifra puede alcanzar magnitudes de genocidio (si de promedio el colega se despacha a unos 10 fulanos por episodio, en breve habrá picado billete a cerca de mil “minions”…acojonante). 



En fin, una fórmula de evasión que permite que cualquiera pueda comenzar a ver la serie, en el punto que le de la gana, y se enganche tanto como el que la ha visto desde el primer episodio. Águila Roja es la versión audiovisual de los cómics españoles de posguerra, de aquellos El Guerrero del Antifaz, El Jabato o El Capitán Trueno, que son la versión española más exitosa de las novelas Pulp anglosajonas . 

Y ahora es cuando afirmo que, cuando ya llevamos andados unos cuantos años del silgo XXI, en muy poco hemos cambiado al respecto de los lectores y espectadores de hace ochenta años. Puesto que hablamos del Águila Roja, tomemos como ejemplo de comparación el ya citado tebeo El Guerrero del Antifaz, y hagamos unas comparaciones rápidas.

Con todos ustedes, el "abuelo" del Águila Roja
El Guerrero del Antifaz, creado por Manuel Gago García, vio la luz en octubre de 1943. Este tebeo, el más popular de la Edad de Oro del tebeo español y tan sólo superado en ventas por El Capitán Trueno, que nacería una década después; narra las peripecias del noble Adolfo de Moncada, noble cristiano que se cría entre infieles en la corte del malvado reyezuelo Alí Kan. Ya siendo un adulto, tras descubrir que es en verdad un noble cristiano, movido por la vergüenza se dedica a luchar contra el infiel ataviado con su antifaz. A lo largo de los más de veinte años que duró la serie original, Adolfo de Moncada, guerrero tan intachable e invencible como nuestro Gonzalo de Montalvo, se dedica a desfacer los entuertos y maldades de moros y cristianos por igual, convirtiéndose en un adalid del bien. Al igual que el Águila Roja, a pesar de que bellas mujeres se cuelan por sus heroicos huesos (Zoraida/la marquesa de Santillana), se mantienen fieles, y muy pacatos, a sus amadas (Ana María/Margarita). Ambos personajes ocultan su pasado secreto tras la máscara (son hijos bastardos de una y otra manera). Y los dos cuentan con un escudero que sirve de ayudante del héroe y de alivio cómico (Fernando/Satur). 

Tanto los lectores de los años 40 y 50, como los espectadores de nuestros días, han mostrado que este modelo de aventura y de héroe, este formato narrativo puramente Pulp, es un modelo de éxito. Y es que las diferencias entre Águila Roja y estos predecesores son simplemente cosméticas. La base, la esencia de la historia, es la misma. Y es un modelo de historia que, en su éxito, se nos muestra atemporal.

Así que, queridos lectores, cuando en una conversación de esas de sobremesa de la comida familiar de las fiestas navideñas, el cuñado pesado de turno os pregunte con sorna sobre eso que tanto os gusta y que llamamos Pulp, mi consejo es que le habléis un poco de Águila Roja. Es el mejor ejemplo español contemporáneo que cualquier cuñado medio puede asimilar.

Eduardo Martínez.